Inicio - eluniverso.com Noticias del Ecuador y del mundo
DOMINGO | 20 de mayo del 2007 | Guayaquil, Ecuador
 Ediciones Anteriores
  
eluniverso.com Suplementos Especiales Servicios Clasificados
Publicidad
Portada
Política
Economía
Sucesos
Migración
El País
Internacionales
Deportes
El Gran Guayaquil
Vida
En escena
Religiosa y Obituarios
Opiniones
Editorial
Columnistas
Vladdomanía
Cartas al Director
Temas
Fotogalerías
Agropecuario
Cuéntamelo todo
Un día como hoy
El Alquimista
The New York Times
Eloisa dice
Suplementos
Servicios
eluniverso.comNew York Times

De tal palo tal astilla para los obesos

Imprimir esta noticia Enviar noticia por e-mail

Mayo 20, 2007

Por GINA KOLATA

Era el año de 1959. A Jules Hirsch, médico investigador en la Universidad Rockefeller, en Nueva York, se le había despertado la curiosidad por la reducción de peso en los obesos. Estaba a punto de iniciar un experimento sencillo que cambiaría para siempre la forma en que los científicos piensan respecto a la gordura.

Las personas obesas, como sabía, tienen células grasas inmensas, llenas de grasa amarilla. ¿Qué les pasaba a esas células cuando la gente bajaba de peso?, se preguntaba. ¿Se encogían o desaparecían? Hirsch decidió descubrirlo al realizar un estudio de personas que habían sido gordas desde la infancia o adolescencia.

Controló estrictamente la ingestión de los participantes y durante unos meses, todos perdieron cantidades de peso sustanciales.

Hirsch halló la respuesta a su pregunta original: las células grasas de los participantes se habían encogido y ahora tenían un tamaño normal. Y todos, incluso Hirsch, supusieron que los participantes dejarían el hospital permanentemente más delgados.

Eso no sucedió. En lugar de ello, dice Hirsch, “todos recuperaron su peso”.

Hirsch y sus colegas repitieron el experimento una y otra vez. El resultado siempre fue el mismo. Una forma de interpretar sus estudios sería proponer que una vez que ha engordado una persona, el cuerpo se adaptaría, y no habría esperanzas de bajar de peso y mantenerse así. Pero otro grupo de estudios mostró que esa hipótesis también estaba equivocada.

Éste empezó con estudios que fueron la inspiración de Ethan Sims, médico en la Universidad de Vermont, quien se preguntó qué sucedería si personas delgadas que nunca habían tenido un problema de peso engordaban deliberadamente.

Los participantes de su estudio eran prisioneros en una cárcel estatal cercana que se ofrecieron como voluntarios para subir de peso. Con gran dificultad, tuvieron éxito, y aumentaron su peso de un 20 a un 25 por ciento.

Una vez que los hombres engordaron, sus metabolismos se incrementaron en un 50 por ciento.

Cuando terminó el estudio, los prisioneros no tuvieron problemas para bajar de peso. En unos meses, regresaron a la normalidad y permanecieron ahí sin esfuerzo.

Las implicaciones eran claras. El metabolismo del cuerpo se acelera o desacelera para mantener el peso dentro de un rango estrecho. Suba de peso y el metabolismo puede hasta duplicarse; baje de peso y éste puede desacelerarse hasta la mitad de su velocidad original.

Eso, claro está, iba en contra de lo que todos los científicos habían pensado, y Sims lo sabía.

Unos cuantos científicos investigadores quedaron intrigados e hicieron la siguiente pregunta sobre el peso corporal: ¿Se hereda peso corporal, o es la obesidad una respuesta más involuntaria, casi inconsciente, a una sociedad donde la comida es barata, abundante y tentadora?

La suposición era que el entorno determinaba el peso. Albert Stunkard, doctor de la Universidad de Pennsylvania, se preguntó si era cierto, y de ser así, hasta qué grado.

Stunkard realizó entonces un estudio con 540 adultos, de 40 años en promedio, quienes habían sido adoptados muy pequeños: el 55 por ciento había sido adoptado en el primer mes de vida y el 90 por ciento adoptado en el primer año de vida. Sus conclusiones, publicadas en The New England Journal of Medicine, en 1986, fueron inequívocas.

Los adoptados eran tan gordos como sus padres biológicos, y qué tan gordos eran no tenía relación con qué tan gordos eran sus padres adoptivos.

Los científicos lo resumieron así en su disertación: “Los dos principales descubrimientos de este estudio fueron que había una clara relación entre el índice de masa corporal de los padres biológicos y la categoría de peso de los adoptados, lo que sugiere que las influencias genéticas son determinantes importantes en la gordura del cuerpo; y que no existe una relación entre el índice de masa corporal de los padres adoptivos y la categoría de peso de los adoptados, lo que sugiere que el entorno de la familia en la infancia por sí solo tiene poco o ningún efecto”.

En otras palabras, la gordura era una condición heredada.


Secciones : Política | Economía | Sucesos | El País | Internacionales | Deportes | El Gran Guayaquil | En escena | Vida
eluniverso.com | Suplementos | Especiales | Servicios


eluniverso.com Noticias del Ecuador y del mundo
Diario El Universo - Av. Domingo Comín y Calle 11 - Guayaquil, Ecuador
Telf.: 593 4 2490000 Fax: 593 4 2492925 P.O. Box: 09 01 0531

Este diario es miembro de AEDEP, SIP, WAN

© Derechos Reservados Compañía Anónima EL UNIVERSO. Todos los Derechos Reservados