Evolucionan actitudes ante prótesis o parálisis
Cuando el comediante Josh Blue ganó el programa televisivo de realidad “Last Comic Standing”, la temporada pasada, lo hizo con chistes como éste:
“Mi brazo derecho hace muchas cosas locas. Como el otro día, que pensé que alguien me había robado la billetera”.
Es chistoso sólo si uno sabe que Blue tiene parálisis cerebral.
La imagen pública de personas con discapacidades frecuentemente ha dependido de lo heroico o lo trágico. Blue, de 28 años, representa el retrato más general de la discapacidad que ahora permea a la televisión y el cine. Esta postura nueva, y en ocasiones contenciosa, refleja las mayores expectativas de muchos miembros de la población discapacitada, en Estados Unidos, de ser tratados como personas que tienen una discapacidad, en lugar de como personas definidas por la discapacidad.
“La actitud que vemos no es tanto de ‘superar’ como de ‘simplemente ser’”, afirmó Lawrence Carter-Long, director de apoyo para la Red de Discapacidades de la ciudad de Nueva York, que el año pasado inició una serie fílmica que celebra representaciones poco convencionales de los discapacitados.
“Más gente dice: ‘Así soy. Si tienes un problema al respecto, es asunto tuyo’”, dijo.
Ya que los medios del mundo del espectáculo funcionan, con frecuencia, como un barómetro de actitudes cambiantes, el ímpetu por ir más allá de los estereotipos es particularmente visible en la televisión estadounidense. Las películas melodramáticas y los teletones de recaudación de fondos para encontrar curas han cedido el paso a personas amputadas que escalan en programas de realidad como “The Amazing Race” y hacen alarde de sus habilidades en “Dancing With the Stars”. Las comedias y dramas también se han unido a la tendencia.
La acogida que ha dado Hollywood a una representación más honesta de las discapacidades se refleja en la vida cotidiana, en tendencias tales como el que amputados, tanto niños como adultos, se deshagan de las cubiertas cosméticas de las prótesis de sus piernas. En lugar de ello, dicen los expertos en prótesis, muchos pacientes usan sus piernas abiertamente, a menudo al personalizarlas con diseños que son ostentados como tatuajes.
“Hay quienes dicen, ‘qué buena onda’ y otras que no se portan muy bien”, dijo Kylee Haddad, de 40 años, madre de dos hijos de Walkersville, Maryland, quien decora la prótesis de su pierna con palmeras, peces y la bandera de Estados Unidos.
Haddad, a quien le amputaron la pierna derecha, debajo de la rodilla, en 2003 tras un accidente automovilístico, dijo no tener problema con usar shorts cuando va de compras. Ni tampoco le piensa dos veces para quitarse la prótesis para nadar en la piscina del vecindario.
Dijo que la gente se queda boquiabierta y algunos, incluso, se han acercado para pedirle que se vuelva a poner la pierna. Contó que le han dicho, “perturba a mi hijo”. Pero se niega a ocultarse.
“O me aceptas como soy”, dijo, “o mira hacia otro lado”.
Sarah Reinertsen, de 31 años, atleta que corre con una prótesis en la pierna, es miembro de esta arrojada vanguardia. Concursó en el programa “Amazing Race”, de la cadena televisiva CBS, el año pasado (su equipo quedó en séptimo lugar, entre doce equipos), y no tiene reparos en competir contra personas sin discapacidad.
“Créanme, me emociona cuando rebaso a personas con dos piernas”, dijo.
Señaló que la gente ha dejado de ver la discapacidad como una “tragedia total”.
“La gente ha cambiado mucho”, dijo. “Te preguntan: ‘¿Traes puesta una de esas piernas tan geniales?’”.
La campaña por una mayor participación no es nueva, pero ahora toma fuerza en números. Con el paso de los años, el censo del gobierno y sondeos poblacionales de Estados Unidos han ampliado la definición de la discapacidad a reflejar más enfermedades e impedimentos, entre los que se cuentan las discapacidades mentales.
El sondeo de población más reciente, en 2002, mostró que la población discapacitada es la minoría más numerosa de Estados Unidos: 51 millones de personas, ó 18 por ciento de todos los estadounidenses.
La mayoría, 32 millones, sufre de una discapacidad clasificada como severa.
Logros graduales en el acceso a la educación y a llevar una vida independiente le han permitido a mucha gente discapacitada asumir su lugar dentro de la sociedad. Los sondeos muestran que la gente con discapacidad vota y va a restaurantes, por ejemplo, en índices comparables a quienes no sufren de una discapacidad. El mayor acceso ha llevado a la visibilidad.
Jillian Weise, de 25 años, maestra y estudiante de doctorado en la Universidad de Cincinnati, publicó un libro de poesía, este año, para minar lo que ella llamó “el estereotipo del discapacitado como asexual y para intentar alejarse de la idea del discapacitado como fenómeno”.
Lo tituló “The Amputee’s Guide to Sex” (Guía sexual de los amputados) y lo llenó con versos profundamente personales. “Recorres la cicatriz a lo largo de mi columna vertebral, y me imagino cómo debe sentirse”, dice un poema.
Weise, quien nació con una rara enfermedad que llevó a la amputación de una pierna, debajo de la rodilla, cuando tenía once años, dijo que en Estados Unidos “hay una tradición que consiste en no mirar, no observar detenidamente, simplemente ignorar la discapacidad.
“Yo espero que haya un punto medio y que ésto sea sólo otra clase de diferencia más”.