“Convirtieron a Caracas en Calcuta”, se lamentaba el escritor venezolano Fausto Masó, en el epílogo de unas memorias, recién reeditadas, sobre andanzas bohemias en los 70 y 80 a lo largo de Sabana Grande, bulevar que alguna vez simbolizó la efervescente vida intelectual de la capital venezolana.
Hasta hace poco, era difícil discrepar con esa evaluación. Unos tres mil vendedores ambulantes, vinculados con el comercio ilegal y la inseguridad, se habían adueñado del bulevar desde principios de la década, y el área se había vuelto emblemática de la caída de Caracas en la anarquía.
A principios de este año, alentado por la reelección del Presidente Hugo Chávez, el gobierno local aliado con él respondió a las quejas sobre el área y erradicó el ambulantaje de la zona. Los peatones han regresado a raudales, lo que despierta esperanzas de renovación en muchas personas de la zona.
“El lugar ha dejado de ser un área en la que se arriesgaba la vida y se ha convertido en algo que se acerca a lo grato”, expresó Ramón Martínez, mesero desde hace cuatro años en un restaurante sobre el bulevar.
Devolver a Sabana Grande su grandeza de antaño no es tarea fácil en Caracas, ciudad de cuatro millones de habitantes que se encuentra presa del crimen violento.
Los periódicos reportaron, basado en registros de la morgue, 265 asesinatos en abril, lo que lo haría uno de los meses más sangrientos en los anales de esa capital.
La policía puso la cifra en tela de duda, al señalar que se habían cometido 169 homicidios.
A lo largo de Sabana Grande, los carteristas prosperaban bajo las lonas de plástico de los vendedores ambulantes, donde estaban disponibles productos como medicinas de origen dudoso, lencería colombiana de contrabando y DVD piratas de filmes hollywoodenses. Considerados un contingente de la base política urbana de Chávez, los vendedores habían evitado exitosamente, durante varios años, que las autoridades los retiraran o les cobraran impuestos. Muchas de las exclusivas tiendas y cafés al aire libre del bulevar habían cerrado, en vista de que sus clientes evitaban el área.
Antes de iniciar los esfuerzos por restringirlos, Caracas tenía unos 150 mil comerciantes informales, de acuerdo a Cedice, organismo de investigación.
A lo largo de Sabana Grande, las fachadas de departamentos con arquitectura Art Deco siguen en proceso de desmoronarse o lucen cubiertas de polvo. Algunos edificios abandonados han sido invadidos por paracaidistas. Pero hay mayor presencia policíaca, y los mimos y músicos callejeros ahora atraen a multitudes cada vez mayores.
Erradicar el ambulantaje también ha dado pie a un debate sobre el futuro del bulevar.
“Los vendedores tienen derecho a trabajar, pero se les debe dar la oportunidad de hacer algo más creativo”, dijo Janette Rodríguez, mientras repartía ejemplares de La Mancha, periódico izquierdista.
Afirmó que el desafío era evitar que el bulevar se convirtiera nuevamente en “un lugar repleto de boutiques para los burgueses”.
Independientemente de sus simpatías políticas, los urbanistas se muestran entusiasmados respecto a la revigorización.
“Sabana Grande tiene una importancia excepcional en la estructura urbana de Caracas”, afirmó Marcos Negrón, prominente arquitecto venezolano. “Es una de las pocas áreas en las que las clases sociales pueden convivir al aire libre”.