Para un fugitivo en La Habana, estos son tiempos de inquietud.
Charlie Hill, homicida acusado y secuestrador confeso, ha vivido 36 años como fugitivo de la justicia estadounidense. Ya que el gobierno cubano le ha proporcionado un refugio seguro en el extranjero, se las ha arreglado para vivir una vida más allá del alcance del FBI.
Pero los años están por alcanzarlo. Algunos de sus compañeros fugitivos han muerto recientemente, lo que ha obligado a Hill, abuelo de 57 años, a confrontar su propia mortalidad.
Irrevocablemente ligado a su destino está el de Fidel Castro, su protector, quien tiene 80 años y cuya salud está en duda. Hill y otros fugitivos, que han gozado de la protección de Castro desde hace muchos años, tienen sus esperanzas puestas en la recuperación del líder y una continuación del gobierno comunista, que desde hace mucho ha estado en conflicto con Washington.
“No creo que vaya a haber mucho cambio si muere Fidel”, dijo Hill. “Podría haberlo, aunque creo que hay 60 por ciento de probabilidades de que no pasará mucho. Si sucede, ¿qué puedo hacer?”.
Estados Unidos también alberga a fugitivos buscados en el extranjero, principalmente el militante anticastrista Luis Posada Carriles. El gobierno estadounidense estima en 70 el número de personas que se ocultan en Cuba y son buscadas por sus agencias de impartición de justicia. Los que se han refugiado en la isla desde los años 60 y 70 son muchos menos.
Entre ellos se encuentra la anteriormente llamada Joanne Chesimard, líder del Ejército de Liberación Negra, quien es una de las fugitivas más célebres. Hay una recompensa de un millón de dólares por su cabeza, por el asesinato de un policía del estado de Nueva Jersey, en 1973. Alguna vez apareció su número en el directorio telefónico de La Habana, bajo su nuevo nombre, Assata Shakur, pero ahora vive fuera de la vista y bajo la protección de las autoridades cubanas.
El mismo Castro apoyó a Shakur, en 2005, cuando acusó a Washington de retratarla “como una terrorista, cosa que es una injusticia, una brutalidad, una mentira infame”.
Castro aplica la etiqueta de terrorista a otro fugitivo, Posada, militante buscado por las autoridades venezolanas para ser enjuiciado por un complot para hacer estallar un avión comercial cubano, que mató a las 73 personas a bordo. Posada, ex espía de la CIA, niega su participación en el ataque al avión.
El 8 de mayo, un juez federal en Texas desestimó los cargos de fraude inmigratorio contra Posada, quien ingresó ilegalmente a Estados Unidos, en 2005. Para ganar su liberación de la cárcel, Posada, de 79 años, argumentó que era demasiado viejo, que no representaba ningún riesgo de huir y que todo lo que quería era pasar los días que le quedaban con su familia.
Hill terminó en Cuba, en 1971, después de que él y dos miembros más de un grupo llamado República de Nueva Áfrika fueron detenidos por un policía afuera de Albuquerque, Nuevo México, mientras transportaban armas y explosivos. Uno de ellos, Hill no revela quién, le disparó al oficial de policía Robert Rosenbloom en la garganta.
Hill se ha resignado al hecho de que nunca volverá a ver Estados Unidos.
“Nunca voy a pasear por Broadway”, dijo. “Si doy un paseo en Estados Unidos, será en la cárcel. Ésa es una realidad”.
Una que tiene intenciones de evitar. “Todo el mundo tiene remordimientos”, dijo Hill. “No hay duda de eso. Yo era más joven y ahora tengo 57 años.
Aprendemos durante el transcurso de nuestras vidas. Todo es relativo al tiempo, al momento. En retrospectiva, creo que todo el mundo piensa que habría hecho algo en forma diferente”.
Sin embargo, su actitud de línea dura, la que quedó evidente aquel día en las afueras de Albuquerque, se impone.
“Si me colocas de nuevo en esa situación”, dijo, “haría lo mismo”.