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| Cecilia Ansaldo Briones | |
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Hablar y escribir |
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He llegado al convencimiento de que en años muy próximos las destrezas de hablar con seguridad y escribir con corrección serán habilidades de minorías. A ningún enfoque pedagógico se le oculta que, sea cual fuere la índole de la inteligencia de la persona, las cuatro habilidades expresivas (escuchar, hablar, leer, escribir) están al alcance de todos. Sin embargo, es tal el problema educativo del manejo de la lengua que veo a los futuros buenos redactores solicitados por toda clase de demandas. ¡Habrá mucho trabajo para ellos!
La dimensión oral de la lengua es la inmediatamente perceptible. Con ella conversamos, discutimos, contestamos entrevistas, por tanto, nos presenta como sujetos al contacto directo con nuestro receptor. Reparemos un momento en los modos de hablar de la gente de hoy, en sus vacilaciones, en sus saltos de ideas, en cuántas veces empieza una expresión para derivar hacia otra. Yo tengo alumnos universitarios violentándose a sí mismos para no soltar un “man” o un “bacán” en sus intervenciones en clase, palabras espontáneas en sus hablas cotidianas, pero impertinentes dentro de las participaciones académicas y profesionales.
Es verdad que los métodos de casos y el énfasis en el trabajo grupal quieren atender el punto débil del desenvolvimiento oral que parece venir en la sangre de los jóvenes de hoy. Veo escasos resultados. En la actitud de querer pasar por encima de las cosas, con meros desplazamientos superficiales, el pensamiento no se enraíza, no escarba. Y pensar es decir. Más todavía, como creía José Martí, decir es hacer.
En materia de escritura la situación es más grave. No consigo convencer a algunos de mis dialogantes de que el acierto de las ideas solo puede captarse a través de una sintaxis limpia, de que jamás pueden sobrevivir opiniones claras en medio de una redacción revuelta. Porque buena parte de los jóvenes escriben de la manera más pobre, confusa e incorrecta imaginable, porque el vocabulario que manejan es mínimo, porque sus largas parrafadas no coordinan ni conectan las partes con el todo.
Un llamado a la creatividad de parte de ciertas instituciones y empresas hace creer que se puede redactar ingeniosamente desconociendo el entretejido básico del idioma. Y con soberbia se afirma que la ortografía la corrige hoy la misma computadora, reduciendo el problema de la expresión cabal, caudalosa e inteligente a mera graficación de signos. A pesar de que no es así, en los colegios todavía recogemos las consecuencias de una campaña de publicidad de hace varios años que quiso convencer a la gente de que el pronombre “se” que va al final de los verbos (conéctese, prepárese, pregonaban), se escribía “ce” para armonizar con una sigla. ¡Cosas de la libertad!
Realmente la publicidad ha abusado y sigue abusando de este tipo de usos. Convence a los redactores de que el error llama la atención, de que la frase desencajada y la palabra manipulada hacen voltear la mirada, fijarse en el producto. Y eso es lo que importa. Pero por acá, por los territorios de la construcción del pensamiento estructurado y la expresión correcta los habitantes desertan, emigran, confían en que lo que “importa” son las ideas que “allí” están. Y nos ponen a los maestros a buscar diamantes en medio del lodo. No se dan cuenta de que en medio de tanta oscuridad no puede brillar ninguna gema. |
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