Aún en plena lucha por abrirse paso entre las ruinas de su brutal pasado, Camboya ahora enfrenta un futuro nuevo y extraordinario: parece haber encontrado petróleo.
Hace dos años se iniciaron perforaciones exploratorias y Chevron, el gigante petrolero, afirma haber encontrado yacimientos de crudo potencialmente enormes frente a las costas meridionales del país. La compañía no ha dado a conocer oficialmente los resultados, pero junto con otros probables yacimientos cercanos y hallazgos minerales actualmente explorados en tierra firme, los expertos indican que Camboya podría ser una nación rica en recursos naturales.
Todo ello no necesariamente constituye una buena noticia. Para numerosos países con problemas, como Nigeria y Chad, el crudo ha sido una bonanza envenenada que, paradójicamente, los ha hundido más en la pobreza y la corrupción, lo que algunos llaman la maldición petrolera.
“De una forma u otra, esto constituirá un hito para este país”, expresó Joseph A. Mussomeli, embajador de Estados Unidos en Camboya. “Todo el mundo sabe que constituirá una bendición extraordinaria o una terrible maldición. Es poco probable que salgan de eso indemnes”.
De hecho, Camboya es un país que ya padece muchos de los síntomas de la maldición petrolera, antes de que una sola gota de crudo haya sido extraída siquiera.
Con su minúscula economía, débiles instituciones gubernamentales, pobreza generalizada y paralizante corrupción, Camboya parece formar parte de los países menos preparados para absorber la riqueza petrolera que, se espera, recibirá.
Su pueblo permanece traumatizado por los asesinatos masivos perpetrados por el movimiento Jemer Rojo entre 1975 y 1979, cuando 1,7 millones de personas perdieron la vida, y por las subsecuentes décadas de guerra civil, brutalidad y pobreza. Ahora, 28 años después del derrocamiento del Jemer Rojo, Camboya se acerca poco a poco al inicio del enjuiciamiento de un puñado de líderes sobrevivientes que podría traer consigo una medida de alivio tardío.
Camboya cuenta con seis potenciales campos petrolíferos en el Golfo de Tailandia, más de 160 kilómetros frente a la costa de Sihanoukville, así como varios otros campos en territorios cuyo control se disputa con Tailandia.
En tierra firme, compañías mineras han encontrado yacimientos de una variedad de minerales, principalmente bauxita y oro, que podrían agregarse a la riqueza del país.
Entre los países extranjeros cuyas petroleras se han apresurado a participar en los hallazgos está China, que controla uno de los seis campos potenciales en el golfo. China se ha convertido en el principal inversionista comercial en Camboya, su más importante donador de ayuda y su consumidor de materias primas más hambriento, con importantes proyectos hidroeléctricos y de construcción de carreteras.
Si se usa inteligentemente —como lo ha prometido el Primer Ministro camboyano Hun Sen— la riqueza petrolera podría ser la salvación del país de catorce millones de habitantes, donde 35 por ciento de la población vive con menos de 50 centavos de dólar al día.
En total, podría eclipsar una recuperación económica de pequeña escala, basada principalmente en la producción textil, el turismo, la construcción y la agricultura, que registró un crecimiento del 10 por ciento el año pasado.
Los capitales procedentes del petróleo podrían ayudar a construir clínicas, escuelas, carreteras, canales de irrigación y llevar electricidad al 82 por ciento de los camboyanos que actualmente se las arreglan sin ella.
O podría ser absorbida por una elite, pequeña y poderosa, que ya engulle la mayoría de la riqueza, y desatar los síntomas de la maldición petrolera: una crisis en los servicios públicos, en la estabilidad económica y en el orden social.
Parece ser que Camboya debe modificar sus formas de hacer las cosas, con el fin de escapar a las peores consecuencias de la riqueza repentina.
Sin embargo, los hombres en el poder quizás no estén preparados para resistir las tentaciones que han abrumado a otras naciones ricas en petróleo.
“Si consideramos el pasado, las cosas no pintan demasiado bien”, expresó Sok Hach, presidente del Instituto Económico Camboyano, grupo de investigación privado. “Aún tengo la esperanza de que la gente en el poder pueda cambiar, porque si las cosas no cambian, realmente temo que Camboya se vendrá abajo”.