- MAY. 06, 2007 - Foto - Sucesos - EL UNIVERSO
En una sola semana se han cambiado dos veces de casa. Su ropa es distinta a la que comúnmente usaban y sus nuevos números telefónicos son un enigma, incluso para sus amigos.
Los hijos de Eva Soledad Rodríguez León, directora (e) de la Penitenciaría del Litoral, aseguran que el crimen cometido contra ella el pasado 27 de abril ha truncado su felicidad “de un solo bofetón”. “De repente matan a mi madre y luego, nos dicen que saben qué hacemos cada minuto de nuestras vidas y que si denunciamos el hecho nos eliminarán”, asevera Amanda Arboleda, de 25 años, hija menor de Rodríguez.
La joven indica que ella y su hermano Vicente, de 27 años, abandonaron también sus trabajos como una de las medidas de seguridad que adoptaron por las amenazas que reciben desde el crimen de su madre.
“Nuestros amigos están preocupados porque oyen rumores de que nos han asesinado. La tensión por la que estamos pasando es terrible”, agrega Amanda, quien dice que, pese a todo no tiene miedo sino un profundo dolor.
Un sufrimiento que ha afectado también a su sobrino Camilo, de dos años, quien tiene trastornos alimenticios y emocionales desde el día del asesinato.
Pero ni las amenazas ni el dolor han hecho que los hijos de la funcionaria abandonen el ideal que ella les inculcó: la justicia. “Queremos castigo para los culpables, pero no tenemos rencor contra los presos. Soledad nos enseñó a encontrar ese poquito de humanidad en cada persona, por más mala que parezca”, expresa mientras trata de atajar las lágrimas apretando sus párpados con las manos. Da un respiro y con los labios aún temblorosos, Amanda sigue describiendo a su “dulce mami”.
“Soledad era una loca soñadora, una revolucionaria socialista que creía en la rehabilitación”, señala al recordar las protestas en favor de los derechos humanos a las que iba de la mano de Rodríguez, así como las veces que junto a su hermano iba a la Penitenciaría a dar clases de música y teatro a los internos.
Esas actividades –dice– las retomarán cuando se den los cambios estructurales en la cárcel. “Continuaremos construyendo los sueños de Soledad, porque es verdad que estamos dolidos, pero no acobardados”, afirma con la misma firmeza en la voz que tenía su madre.