- ABR. 23, 2007 - Foto - La Caja - EL UNIVERSO
Cuando Cho Seung-Hui cometió los dos primeros crímenes en la universidad Virginia Tech y decidió convertirse en un asesino de masas, utilizó las dos horas que le quedaban de vida para tratar de fabricarse como un héroe mediático. Se convirtió en un macabro actor de teatro que posó con un cuchillo en la yugular, con una pistola en la sien, blandiendo un martillo y con dos armas en las manos, en gesto exactamente igual a como 120 minutos más tarde entraría en un aula para matar a 33 personas.
Escalofriante la actitud de Cho... Luego empacó su “material promocional” y lo envió a la NBC. Sabía exactamente lo que quería. Con una de las tres grandes cadenas de EE.UU., el salto al dudoso panteón de los asesinos seriales estaba asegurado. La NBC iba a hacer lo que hizo, ¿alguien lo dudaba?
Por eso la protesta de los dolientes familiares y de la Policía es justa y entendible, pero inútil. Si los asesinatos de Virginia encienden (otra vez) el debate sobre la facilidad con que se adquieren armas en EE.UU. y la violencia social en ese país, hay otra cosa que apenas se ha dicho: cada asesino en serie se convierte invariablemente en un héroe mediático. Cho –sin ir más lejos– admiraba a los adolescentes asesinos de Columbine.
Para entender esa perversa relación entre asesinos y pantalla de televisión debemos volver a ver los Asesinos por naturaleza, de Oliver Stone. Penosamente descubriremos que la responsabilidad social de la TV sale perdiendo frente al show de fabricar siniestros héroes.