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Yachanahuasi, una vida ecológica y ancestral

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Paola alimenta a Cita, una gata de grandes ojos azules, que pasea su elegancia por toda la casa.
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Abril 21, 2007

PATRICIA SANDOVAL | QUITO

Jóvenes. Comparten tareas agrícolas y de autoestudio sobre temas como la generación de energía solar.

Una llama intensa cuece, dentro de la tulpa de barro, la dulce bebida originaria de México: el atole (agua, harina de maíz y cacao). En la mesa, los mellocos y los choclos recién cosechados y cocidos, así como un pastel de plátano rosado, despiertan el apetito de los habitantes de esta morada.

Son Diego y Paola Mora, y Andrea Villarroel junto con  Frank Diepze, cuatro jóvenes de entre 22 y 32 años, que han encontrado una vida feliz y libre, adoptando costumbres de los ancestros de América y por ende, “una actitud armónica frente a la naturaleza”. 

En la Ciudadela del Señor del Árbol, cercana a la Mitad del Mundo, los tres jóvenes quiteños y el cuarto de origen alemán, comparten desde hace un año y medio, tareas agrícolas y de autoestudio sobre temas como la generación de energía solar y la elaboración de bebidas ancestrales.

Todo el barrio sabe de la existencia de Yachanahuasi (Casa del saber). Incluso los domingos, varios vecinos llegan hasta esta casa para aprender quichua y conocer más de las tradiciones ancestrales, que ellos enseñan. Diego, de cabello largo y sonrisa amable, cuenta que dentro de sus investigaciones ha logrado rescatar la tradición de los mishqueros en Pomasqui, Pichincha. Se trata de personas que sacan el tzawarmishque (bebida prodigiosa) del penco. La tradición se estaba perdiendo, pero gracias a la práctica de los Invesciencias (como se autodenominan), se la ha retomado.

Cada mañana, los jóvenes se levantan temprano a las 06h00 y tras el arreglo cotidiano se alimentan de la manera más sana posible (son prácticamente vegetarianos).

Su vivienda es una muestra del amor que ellos han impregnado en su proyecto. La sala guarda el calor gracias a las esteras que sirven de alfombras. Los asientos son de chaguarquero (el tronco del penco), el poyo de caña guadúa, la hamaca de algodón. Hacia la media mañana, entre cánticos indígenas, los jóvenes miman a sus plantas, deshierban, recogen, abonan. Frank, hijo de padres agricultores, quien, dice, llegó al Ecuador, abatido por el sistema capitalista que adoptó su país (Alemania Oriental) tras la caída del muro de Berlín, es el responsable del huerto.  En este, llama la atención la frondosidad de todas las plantas. Tal vez el secreto sea el abono que le ponen: el que obtienen de entregar a las lombrices toda la basura orgánica producida (luego se convierte en humus).

Sus prácticas ecológicas van desde cocinar en ollas de barro, caminar descalzos, cepillarse los dientes con carbón y sal o lavarse con shampoo sacado de la raíz del penco, elaborado por ellos mismos. Sin embargo, no se desconectan del todo de la tecnología. Un celular les sirve para comunicarse.

Los jóvenes decidieron cambiar hace siete años cuando Diego y Paola (hermanos biológicos) vivieron en una comunidad del alto Napo. Al regresar a la ciudad: “salíamos a visitas ecológicas con niños, y los veíamos enfermos, debían tomar pastillas para todo”, dice Paola mientras saborea los alimentos preparados por ella y su ‘hermana de camino’, Andrea.

Ahora, los cuatro viven con 5 dólares mensuales (cada uno) que obtienen de las salidas ecológicas que realizan con escuelas a recintos del noroccidente de Pichincha. La mayor parte del dinero lo invierten en su centro de estudios de quichua, y una pequeña parte en ellos y las necesidades de la casa. Aseguran que no necesitan más que sus alimentos generados en su propio huerto.

Para Paola, esta es la clave de la nueva vida que llevan y que a su parecer debería ser practicada por más personas. Ella lo ha vivido en carne propia, pues antes sufría de asma y gracias a la vida saludable que llevan, los cuatro cuentan que desde hace cinco años no han comprado medicamentos. Paola dejó definitivamente su inhalador.


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