El Panel Intergubernamental de Naciones Unidas sobre Cambio Climático acaba de concluir que dos tercios de la acumulación atmosférica de bióxido de carbono, que atrapa el calor, ha venido de Estados Unidos y Europa occidental. África representa menos de tres por ciento de las emisiones mundiales de CO2 desde 1900, pero incluso así sus 840 millones de personas podrían sufrir enormemente a raíz de las sequías e inundaciones inducidas por el calentamiento mundial, amén que tienen menos recursos para lidiar con ellas.
De todas las creaciones de Dios, seguramente ninguna es de mayor belleza que el amanecer en los pastizales de Masai Mara, la espectacular reserva natural de Kenia y uno de los telones de fondo de la película Out of Africa (África mía). El ascenso del sol en este lugar es como una cortina que va ascendiendo sobre uno de los ecosistemas más ricos de la Madre Naturaleza. A lo largo del día, puedes ser saludado por un elefante toro que persigue intensamente a una vaca, oír una serenata de las aves tropicales boubou, terminar intimidado ante dos leonesas devorando un cerdo salvaje, divertido por los airones del ganado que viajan sobre los lomos de búfalos africanos, así como impresionado por la forma en que cada pequeño racimo de antílopes topi “asigna” a uno de sus integrantes para que monte guardia sobre una pequeña colina y esté atento a la llegada de depredadores, mientras los demás pacen. Al parecer todo está en perfecto equilibrio.
Salvo que tras bambalinas, la deforestación, la caza furtiva de vida silvestre y actualmente el cambio climático presentan un trío de amenazas al Mara, lo cual tiene preocupados tanto a los kenianos como a todos los que se preocupan por la biodiversidad.
A lo largo de los últimos 10 años, “el clima ha cambiado”, explicó nuestro naturalista masai, Daniel Memusi. “Repentinamente se está volviendo impredecible. Abril siempre ha sido un mes lluvioso: llueve cada tarde y toda la noche. Uno espera la lluvia, pero no llega”. Si las pocas lluvias diseminadas no se vuelven más intensas en este abril, agregó, los agricultores que acaban de plantar sus cultivos enfrentarán serios problemas. “Esto debería ser un mes muy húmedo para cualquiera que conozca el Mara, pero más bien las lluvias llegaron en los meses de enero y febrero”, explicó.
Nunca se debe hacer extrapolaciones con respecto al cambio climático a partir de cualquier ecosistema individual o breve periodo. Sin embargo, según anotó en fecha reciente el reportero del ambiente del New York Times, Andrew C. Revkin, los científicos dicen que cada vez resulta más claro “que la precipitación en todo el mundo está alejándose del ecuador y dirigiéndose hacia los polos”.
“La precipitación pluvial cambió drásticamente en los últimos 30 años; ahora es menos predecible”, dijo Julius Kipngetich, director del Servicio de la Vida Silvestre de Kenia que administra el arca de Noé de especies en peligro en Kenia. Si los cambios en el clima ocasionan sequías e inundaciones más severas, y se interrumpen o alteran las migraciones de animales, “la marca del Mara muere”, agregó Kipngetich, refiriéndose a los pastizales del Rey León en Kenia. Eso realmente le haría daño a la economía de Kenia. “Cada vez que un keniano encuentra en su camino un animal salvaje, debería hacerle una reverencia y darle gracias”.
De manera similar, Kenia se tiene que preocupar por la deforestación y la caza ilegal, aunque esta última actualmente está siendo mejor controlada.
Los bosques de Kenia han sido reducidos de 10 por ciento de la masa de tierra del país, al momento de su independencia en 1963, a dos por ciento hoy día, y durante el mismo periodo su población de elefantes pasó de 170.000 a 30.000, en tanto la población de rinocerontes pasó de 20.000 ejemplares a más o menos 500. “Actualmente, si logras ver un rinoceronte, eres una persona muy afortunada”, dijo Kipngetich. “Quizás tus hijos o nietos ya nunca vean uno”.
El cambio climático podría empeorar esta situación. El Panel Intergubernamental de Naciones Unidas sobre Cambio Climático acaba de concluir que dos tercios de la acumulación atmosférica de bióxido de carbono, que atrapa el calor, ha venido –casi en partes iguales– de Estados Unidos y Europa occidental. Estos países cuentan con los recursos para enfrentar el cambio climático e incluso pudieran, quizás, beneficiarse de un poco de calentamiento. África representa menos de tres por ciento de las emisiones mundiales de CO2 desde 1900, anota el informe, pero incluso así sus 840 millones de personas podrían sufrir enormemente a raíz de las sequías e inundaciones inducidas por el calentamiento mundial, amén que tienen menos recursos para lidiar con ellas.
“Tenemos un mensaje para todos esos países: ustedes nos agreden con el calentamiento global”, dijo el presidente de Uganda, Yoweri Museveni, ante la cumbre de la Unión Africana que se celebró en febrero pasado en Etiopía. “Alaska probablemente se vuelva una región agrícola y quizás Siberia también, pero, ¿y eso adónde deja al Árnica?”.
Un estudio de Oxfam titulado ‘África: desaparece en el humo’, anota que, de acuerdo con ciertos patrones climáticos, las sequías en el noroeste de Kenia se están volviendo más frecuentes. El informe ofrece un perfil de los pastores nómadas de la región noroeste de Turkana, que pastan camellos y cabras. Ellos siempre han conocido las sequías, pero debido a que ahora son más frecuentes, familias y animales tienen menos probabilidades de sobreponerse.
El pueblo turkana, dijo Oxfam, se refiere a esta sequía más persistente como “Atiaktiak ng'awiyei” o “la que dividió hogares, debido a que muchas familias se separan para sobrevivir, emigrando en todas direcciones”.
En verdad es equivocado que quienes son menos responsables del cambio climático tengan que pagar el mayor precio. “Mi recomendación es que pague el mayor contaminador”, dijo Kipngetich. “Nosotros somos un solo planeta, un solo sistema”. Él tiene un buen punto. Merece una respuesta.
© The New York Times News Service