Muy pocos dirigentes hablan de disminuir el absurdo consumo, de eliminar los motores V8, de estimular el transporte público. Para ellos los malos somos nosotros, los países pobres, en los que muchos talan unos pocos árboles para sobrevivir y unas pocas empresas del norte terminan talando bosques enteros.
El futuro llegó. En los próximos años, el tema más importante en la prensa, en la política y hasta en la vida cotidiana será el calentamiento global y sus consecuencias.
Tengo el dudoso orgullo de estar entre los que comenzaron a advertir sobre esto desde hace más de veinte años. Lo hice por todos los medios a mi alcance. Muchos se reían. Nos trataban de alarmistas, nos llamaban fundamentalistas ecológicos. Muchos creían realmente que el hombre iba a poder revertir el proceso de aumento de la temperatura. Ahora estos creyentes ya no opinan más. Pero es tarde. El proceso de catástrofes que estos pocos grados más causarán en la Tierra es irreversible.
Los huracanes desbocados, el derretimiento de los casquetes polares, las lluvias inéditas son avisos de la naturaleza. La prédica de Al Gore, la actitud del magnate de los medios Rupert Murdoch, la preocupación de Bush por el biodiésel y las permanentes reuniones de los dirigentes europeos son algunos de los avisos del hombre.
Y, como sucede siempre, ya empezaron a llegar a Sudamérica los emisarios de los países centrales a darnos lecciones sobre la importancia de conservar la selva y los bosques, esenciales para eliminar el dióxido de carbono. Nos cuentan que si no protegemos nuestro ecosistema, todo el mundo corre peligro. Hasta se creen con derecho a nuestros árboles. A esos árboles que nosotros conservamos y que queremos seguir conservando por nosotros mismos.
Pocos saben que todos los bosques de Europa y Norteamérica fueron talados en los últimos dos siglos en nombre del progreso. ¿Qué derecho tienen ahora de ponerse en árbitros de este mundo injusto? ¿Quieren respirar? Que paguen por el aire. No nos transfieran problemas que son principalmente suyos.
Con imbecilidad suprema aceptamos que condenen a países como Bolivia, Perú, Colombia y también Ecuador, a la pobreza, la corrupción y la violencia porque millones de norteamericanos no pueden funcionar sin su dosis diaria de cocaína. Pero no me parece justo que también debamos aceptar que vengan ahora de esos países asfaltados e iluminados con neón a hacernos el verso que la selva amazónica es de todos.
Muy pocos dirigentes hablan de disminuir el absurdo consumo, de eliminar los motores V8, de estimular el transporte público. Para ellos los malos somos nosotros, los países pobres, en los que muchos talan unos pocos árboles para sobrevivir y unas pocas empresas del norte terminan talando bosques enteros.
Cuando empiece a subir el agua por el recalentamiento y llegue a la Quinta Avenida van a empezar a darse cuenta que la selva no es de todos. Que es nuestra y la necesitan todos que no es lo mismo. La necesitan todos como las vacunas, el alimento y la educación.
Cuando quienes dirigen el mundo se den cuenta que no es posible seguir con este sistema de inequidad, cuando comiencen a entender que la verdadera Justicia es no dejar que ningún niño del mundo pase hambre, ahí podré creer en las intenciones de estos nuevos ecologistas de corbata. Mientras tanto seguiré refunfuñando en mis modestas barricadas. Como a comienzos de los ochenta cuando hablábamos del efecto invernadero y todos se reían.