- ABR. 10, 2007 - Foto - La Caja - EL UNIVERSO
Si se analiza la televisión desde la perspectiva de una gran productora de climas emocionales, las cosas adquieren una nueva dimensión.
Antes aclaremos qué significa esto de los “climas”: cuando se pregunta a los ciudadanos, responden que su manera más frecuente de informarse es a través de la televisión. Cuando se les vuelve a preguntar sobre lo que se acuerdan de las noticias que acaban de ver, la mayoría no puede enumerarlas.
Solo le quedan sensaciones: que los políticos se pelean, que el Congreso es un caos, que el país se derrumba, lo que sea el tema mediático del día.
En otras palabras, de la ronda mañanera de entrevistas de Carlos Vera suele quedar la sensación de confrontación y pelea constante; de la dupla Rodolfo Baquerizo-Jorge Aguirre, que todo puede pasarse por el tamiz del cinismo y la broma pesada; de los noticieros de Jorge Ortiz, que vivimos en una dictadura. Así, consecutivamente. Por eso hay quienes cuestionan el papel que juega la información televisiva en la debilidad de las democracias.
Los televidentes vivimos cruzando los tormentosos climas emocionales que la TV introduce en nuestros hogares. Y ante la tormenta se abre el paraguas. En esta ocasión llamado desconfianza, baja credibilidad.
Probablemente, el televidente latinoamericano esté engordando las cifras del rating en cada país, pero al final del día se vuelve cada vez más escéptico con lo que ve.