Hace un par de años la empresa española Albacora comenzó a promover la construcción de un puerto “de aguas profundas” en terrenos aledaños a su empresa atunera Salica, en Posorja.
Albacora no tiene experiencia en construir puertos y su única especialidad es pescar atún en España y Ecuador.
La primera tarea fue obtener la concesión de la zona de playa y bahía. Luego se solicitó la exoneración de impuestos, acogiéndose a una ley que Jaime Nebot había promovido coincidencialmente un poco antes.
Los problemas comenzaron cuando se solicitó el permiso de construcción del puerto al Consejo Nacional de la Marina Mercante. Sus funcionarios se quejaron de que ni siquiera han visto un anteproyecto técnico más o menos completo. Pero así son las cosas en la viña del Señor y al final el Consejo se vio forzado, casi a ciegas, a entregarles un permiso para “desarrollar” el proyecto, no para iniciar ninguna construcción. “Es una resolución para que puedan mostrarla a los inversionistas extranjeros”, me explicó una autoridad marítima. Porque hasta ahora no se ha informado de ningún banco, de ninguna empresa constructora de puertos y de ningún operador con experiencia que crea que el proyecto de Posorja tiene futuro.
Aun así, Alinport (la filial de Albacora) consideró que estaba lista e invitó al Presidente de la República, al Alcalde de la ciudad, a las fuerzas vivas y a la prensa a una ceremonia en la que solemnemente se colocó la primera piedra del puerto “de aguas profundas”. Todos nos imaginamos entonces que en poco tiempo (“tres años a lo sumo”, según Alinport), el puerto estaría funcionando. Pero han pasado ocho meses y no se ha avanzado nada. El lugar está vacío, con excepción de dos tractores estacionados y un puñado de trabajadores.
Y es que mientras tanto, avanzaba el proyecto de Autoridad Portuaria para concesionar el Puerto de Guayaquil. Una empresa filipina muy importante ofrecía modernizarlo y volverlo competitivo. Así que las fuerzas vivas, utilizadas, salieron a las calles a protestar. Nunca explicaron sus objeciones, pero en la práctica eso hubiera significado una prolongación de la ineficiencia del Puerto de Guayaquil. El puerto “de aguas profundas” de Posorja no habría tenido competidor, y Guayaquil se habría quedado con unas instalaciones portuarias obsoletas.
–Pero oiga, usted se contradice, porque si el puerto de Posorja es de aguas profundas entonces el de Guayaquil, que solo tiene nueve metros de calado, no le hará competencia.
Lo que ocurre es que se quiere construir un puerto “de aguas profundas” allí donde las aguas no son profundas. Para que los buques de alto calado ingresen hasta Posorja, habría que volar primero unas formaciones rocosas gigantescas en el fondo del mar. Nadie está seguro de que eso se pueda hacer, pero aun en ese caso su costo será altísimo. Y naturalmente, habrá que construir una nueva carretera a Guayaquil.
¿Quién pagará todo eso? Hay una ley que dice que Autoridad Portuaria está obligada a dragar el río. ¿Eso incluye invertir nuestro dinero en la voladura de rocas gigantescas para favorecer un puerto privado? La respuesta estará en manos del Alcalde, que con mucha energía ahora reclama esa competencia. ¿Y la carretera? El Prefecto del Guayas ya se adelantó generosamente a ofrecer que él la construirá con nuestros impuestos.