Palmas y participación
El alegre Domingo de Ramos nos recibe siempre con la conmemoración de la festiva entrada del Señor en la ciudad sagrada de Jerusalén. Unas veces nos obsequiará con una encantadora procesión, y otras veces solo recordando, mientras avanza el sacerdote hacia el altar, los cantos con que saludaron como Rey –los hombres, las mujeres y los niños– a nuestro Dios montado en un simpático burrito.
La Iglesia nuestra Madre, para que las verdades salvadoras nos transformen, se apoya con frecuencia en lo sensible. Y desde tiempo inmemorial, en este levantarnos el telón para que contemplemos, y vivamos, la Semana Santa, recurre a unas señales de victoria, gozo y paz: a las palmas y a los ramos.
En nuestra linda tierra, la costumbre ha sido trabajar las hojas de una palma blanda, haciendo con las mismas, a más de un arte sorprendentemente original, un comercio sustancioso y sustentante.
Mas hete aquí que las hojas empleadas, según ciertos expertos en dineros ambientales, resultan necesarias para algunos loros. Y cada vez que llega la Semana Santa, descargan su pesada artillería –los hombres no los loros– sobre los que suponen destructores del hábitat loril.
Mientras que los señores comerciantes, también en estas fechas, defienden panza arriba su negocio artesanal.
“No es verdad –dicen heridos– que los loros no se multipliquen porque les dejamos sin comida y sin hogar. Es todo lo contrario: cortamos ciertas hojas para que se reproduzcan más y más rápidamente. ¿Cómo vamos a dañar la fuente de nuestra materia prima? ¿En qué cabeza cabe que matemos la gallina de los huevos de oro? Si los loros escasean, debe ser por otra causa. Que estudien el problema los ecologistas”.
La discusión, como comprenderá, no la podemos detener ni usted ni yo. Aunque sí podemos predecir que los filoloritos, en estos tiempos en que importa más la vida de los animales y los vegetales que la de los racionales, terminarán ganando.
De todos modos, los ramos de la procesión de este domingo, no siendo más que un signo, pueden ser del material que sea. Incluso pueden ser –como sucede con el árbol navideño– de plasticurri puro y duro. Aunque por el signo y su significado, siempre será mejor lo natural que lo postizo.
Lo importante es nuestra participación en los misterios revividos en las ceremonias de nuestra Semana Santa. Y esa participación –como el papa Benedicto ha escrito muy recientemente– para que sea fructuosa “depende de las condiciones personales”. Y ha añadido: “No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida”.
Esto sí que es importante. Que los ramos y las palmas nos lleven a profundizar en el misterio de la Redención. Que no se queden –al menos en mi caso y en el suyo– en juguete o en decoración.