Mientras los padres protegen con esmero la integridad física de los hijos, gracias a la red mundial de internet su bienestar moral y emocional está a merced de quien los quiera acechar cuando deambulan solos por el mundo virtual. Uno de los grandes peligros que allí encuentran es caer en manos de la industria pornográfica, cuyas repugnantes actividades se incrementan en forma aterradora por las ventajas del comercio electrónico.
En efecto, gracias al internet, las nuevas generaciones hoy crecen en la “aldea global” y pueden ver tanto las realidades más maravillosas como las más tenebrosas del mundo. Por eso ya no están protegidos de los peligros ni siquiera cuando se encuentran dentro de las cuatro paredes de su propia casa.
El Dpto. de Justicia de los EE.UU. estima que el mercado de pornografía infantil produce de $ 2 a $ 3 billones al año. De ahí que, según la Coalición Nacional para Protección del Menor y la Familia, hay cerca de dos millones de sitios de pornografía en la red y diariamente se abren entre 250 y 320 nuevos de este tipo.
Este voraz negocio se vale de todo para llegar a los incautos menores que rondan solos por el ciberespacio, llegando al extremo de que cuando un chico entra a un “chat room” para niños (juegos, deportes, música) tiene el 100% de probabilidades de ser abordado por depravados sexuales a la caza de nuevas víctimas. Y que uno de cada cinco niños que utilizan internet recibe ofertas de pornografía sin solicitarlo.
Muchos padres no están conscientes del perjudicial impacto que la pornografía tiene sobre sus hijos. El problema no es tan solo que los exponga a la obscenidad, sino que, en el peor de los casos, puede llevarlos a la depravación. Prueba de ello es que el 87% de los condenados por delitos sexuales en los EE.UU. reconoce haber sido inicialmente usuario habitual de pornografía.
El mayor peligro de la pornografía es que distorsiona desde el comienzo la idea de lo que es la sexualidad humana y la limita a una experiencia genital grotesca. Cuando el primer acercamiento de un menor al contacto sexual es a través de la pornografía se le establece que las personas son tan solo objetos que se utilizan para satisfacer sus apetitos sexuales y se les lleva a que desconecten su sexualidad de un compromiso afectivo decisivo con una pareja.
No será de extrañar que se puedan convertir en adultos para quienes sus semejantes son ante todo mercancías que se compran, se usan y se botan, y el sexo, un pasatiempo más.
Además, cuando los menores están expuestos a imágenes pornográficas antes de que tengan la madurez para comprender toda la complejidad y grandeza de la sexualidad como una forma auténtica de amar, pierden de vista la condición humana de su pareja, arruinando la posibilidad de un encuentro sexual profundo en el que se conjuguen el afecto y la pasión.
Será entonces muy difícil que logren entender la trascendencia que tiene el encuentro de dos seres humanos en una experiencia sexual. Es urgente que protejamos a nuestros hijos contra una industria que denigra una de las formas más sublimes de intimidad y encuentro con el amor, que les permite crear una vida pero a la vez los puede llevar a acabar con su vida.
*Artículo publicado en octubre del 2004