“¡Qué hago aquí! ¿Quién me manda a hacer esto?”, es algo que Marina Salvarezza se pregunta minutos antes de cada función. Las luces alrededor del espejo van convirtiendo de la persona de Marina, en un personaje del público. El maquillaje esconde la realidad en su ilusión. Pero en el momento en que Marina pisa el escenario, no pertenece más a sus dudas, ya que el actor puede ser en muchos casos una persona insegura, sino que se reconoce en el efecto que causa en los demás. Y la magia intermediaria para lograr esta fascinación, resulta ser siempre el arte teatral.
Marina dice confiar en el público, pues no se trata de que sea culto o no. Se trata de un público general, de personas individuales. A pesar de la simpatía de la gente con los actores, sí hay necesidad de cultivar ambos lados, para que exista una experiencia más enriquecedora. El público y el teatro mantienen una relación simbiótica, y la formación y apoyo para todos, tanto para espectadores como artistas, es indispensable.
Escenarios de educación pública
Hay ignorancia, sí. Pero la ignorancia no es un pecado, no es un defecto, es solamente un estado. Uno con fuerza de voluntad puede superarse, a nivel personal, de buscar la forma de trascender el propio yo.
La música, el ballet, el cine y el teatro son formas que el público debería recibir, no de forma gratuita, pues al espectador hay que enseñarle a pagar algo mínimo, pero sí de forma prolífica. Rara vez, Guayaquil admira un teatro internacional, que solo pueden apreciar estratos sociales determinados, cuando en realidad deberían estar al alcance de un público variado.
Bertolt Brecht, dramaturgo alemán, contaba en unos de sus cuentos sobre la relación entre un político que experimenta con la ciencia durante su exilio, con la ayuda de un criado joven y curioso que vivía en el campo. El criado no sabe leer ni escribir, pero el político decide tratarlo como si supiera hacerlo, y le habla de la ciencia sin tomar en cuenta que el criado no ha estudiado nunca.
Brecht decía que lo único que hacía el político ilustrado era corregir al joven criado, pero no lo trataba como un ignorante, sino como alguien que sabía, y así el joven aprendió por medio de este trato intelectual. Luego el político muere, justo en medio de un experimento en que metían las vísceras de una gallina en hielo.
A pesar de esto y la insistencia de su madre en abandonar lo que no le pertenece y volver al campo, el joven sigue con las investigaciones hasta llegar al punto en el que termina el invento de la refrigeradora.
Santiago Roldós, actor y director de taller teatral del ITAE (Instituto tecnológico de arte ecuatoriano) hace una comparación entre el trato que recibía el joven y el trato que recibe el espectador guayaquileño.
Se considera mayoritariamente a la gente como ignorante y por eso la tratan como ignorante. Pero si seguimos así, la gente no va a dejar de ser ignorante. Es por esto que Brecht decía que al público había que tratarlo y dirigírsele como un científico. Esa es la clave.
Escenarios en Guayaquil
Hace exactamente 140 años, el Congreso ecuatoriano en mayor grado liberal, expresó en un decreto la necesidad de crear un fondo especial y seguro para que puedan establecerse los teatros en todos los pueblos de la República, o al menos en todas las capitales de provincia.
Para la época en que se había creado este decreto, Guayaquil ya contaba con un teatro desde 1857, en donde se presentaban compañías que venían de Europa y estaban de paso hacia Buenos Aires, Santiago, Lima. Estas no podían presentarse en Quito porque no había sala.
García Moreno decidió no construir un teatro en Quito, sin embargo permitió que se construyera uno en la ciudad de Guayaquil: el Teatro Olmedo fue estrenado el 3 de enero de 1875. Para aquella época ya existía el Teatro Solís de Montevideo, el primer Teatro Colón de Buenos Aires y el de Santa Ana de México.
Ya en la década de los años 70 el concepto vanguardista de la década sobre el teatro significó la búsqueda de un público y una estructura teatral distinta, abriendo también nuevos caminos a las distribuciones alternativas.
Desde entonces, este arte ha tomado una actitud autocrítica que busca incesantemente vivir la experiencia estética, trayendo consigo la noción del espectáculo artístico y un trabajo grupal. Características indispensables del arte escénico hasta hoy.
Pero las salas como el Humoresque, el uniteatro Candilejas o El Juglar que según Roldós fue un punto de inflexión importante en la evolución del teatro en la ciudad y que disfrutaron de la visita reglamentaria del público todos los fines de semana, ya no existen. ¿Que sucedió con estas salas?
Lucho Mueckay, director del centro cultural Sarao, considera que esta falta de apoyo al arte como prioridad social debería transformarse en un servicio a la comunidad. Un sustento preestablecido por parte de instituciones, no solo para buscar una identidad cultural, sino para brindar oportunidades al arte de llegar a mayores partes de la difusión.
Y lo único que le falta al teatro son vías de difusión, considera Virgilio Valero, director del grupo Gestus y trabajador teatral desde 1981, como estudiante en la Universidad Católica de Guayaquil. Él conoce de ciertos grupos que realizan una actividad artística continua y cree en la necesidad de políticas culturales fundamentales, establecidas por organismos institucionales. De algún modo abrir salas que puedan tener temporadas largas de actividad teatral; obras que se preparen en 3 y 4 meses de trabajo y no se consuman en dos funciones con un público a medias o poco animado.
Valero opina que estamos en un momento oportuno lleno de cambios importantes con un nuevo gobierno y nuevo ministerio cultural. Se podría comenzar a aportar ampliamente a las instancias artísticas y la sociedad, al crecimiento de las artes y en particular el teatro, creando plataformas de desarrollo para juntarnos alrededor del arte escénico.
El teatro es una actividad cultural artística que necesita ser sustentado para tener salas abiertas, sin venderse al Estado y manteniendo su característica independiente. Cualquier Estado, ya sea socialista o capitalista, tiene que dar posibilidades al teatro de desarrollarse independientemente, con un presupuesto básico y leyes estatales que permitan la subsistencia del teatro. Es una necesidad social, igual que la educación y la salud, financiadas como prioridad común.
Escenarios de educación actoral
La creación del laboratorio de teatro en el ITAE, dirigido por Santiago Roldós y Pilar Aranda, es un espacio en donde se presenta a este oficio como una profesión de largo aliento. Apuntan a la formación subversiva de profesionales que produzcan teatro con metas, y abarquen más que lo mercantil.
Roldós afirma que desde la primera clase da a sus alumnos herramientas de la carrera, para inventar y abrir un espacio que no hay en la actual escena guayaquileña, la cual es un contexto que no admite cierto tipo de discursos y urgida de eso, la hace más interesante, volviendo el trabajo algo apasionante, rico y divertido. Es el reto de producir un teatro desde una ética limpia.
De acuerdo con Lucho Mueckay, todavía no podemos contar con una escuela sistematizada, con una universidad de Artes donde seguir una escolástica, ligando la vida a ese eje. El abismo entre las aspiraciones de los jóvenes que quieren hacer teatro y la posibilidad de encontrar un lugar donde prepararse académicamente, es infinito. Así define Mueckay la principal razón del estancamiento teatral porteño.
Escenarios sin actores, actores sin escenarios
Cada hombre y cada mujer se figura en el teatro para buscar su expresión artística. En sus 18 años de experiencia, Lucho Mueckay, director del teatro Sarao, afirma que la búsqueda de una estética teatral, la necesidad de formar al público y de abordar nuevas propuestas (como el teatro textual, el café-teatro, el clásico y otra serie de formas) son parte de la vocación y el deber de un actor internado en su oficio.
Como artista que reflexiona, Roldós afirma que es más fácil venir a hacer teatro a Guayaquil, porque es un espacio donde está todo por hacerse.
Hay actores que dicen “yo no hago el teatro que quiero, sino el que me permiten hacer” debido al tipo de mercado y la lógica guayaquileña que vive una censura invisible, donde no hay compromiso firme entre las partes interesadas.
Pantaleón, quien sufre por la misma carencia de compromiso y quien por intensa atracción al teatro se aventuró en audiciones en varias escuelas de New York. Pudo probar la experiencia de ser estudiante en la escuela The Neighborhood Playhouse, una de las mejores escuelas teatrales del mundo.
Siendo aceptado allí, de donde salieron Al Pacino, Diane Keaton, Robert Duvall, entre otros, Marlon estudió en un “claustro” de arte, como él lo llama, durante dos años. Representó a personajes en obras como Ángeles en América, obra de Tony Kuschner (ganó el premio Pulitzer y se adaptó a la televisión en el 2003), The Death of a Salesman de Arthur Miller, entre otras.
A su regreso a Ecuador, trabajó en una obra junto a Hugo Avilés en Tablaraza, pero siente que no despunta. Desde una perspectiva personal, Pantaleón observa su situación con frustración debido a la poca credibilidad que ofrecen las instituciones a nuevos actores, dejándoles solo papeles secundarios o de “extras”. Actualmente trabaja en TC Radio.
Pero Marina Salvarezza reflexiona sobre la situación del actor en nuestro medio y no se queja sobre esto. Para ella todo es teatro. Si eres actriz, eres actriz de teatro, de cine o de tele, pero eres actriz. Los atributos que se adhieren al oficio, se van dando debido a las circunstancias. La formación no depende de lo que se haga, sino del proceso que tiene que pasar.
Fundamentalmente se es actor. Es como estudiar medicina. Los primeros años el individuo estudia materia general, para luego especializarse en una rama específica. Pero se es, al fin y al cabo, un médico. Si se estudia actuación, es para ser actor, luego se define en dónde trabajar.
Si se le pregunta a Marina Salvarezza sobre el buen teatro, ella diría que aprecia, admira y disfruta cualquier forma de espectáculo. La comedia bien hecha, hasta la que es un poco vulgar, si está elaborada profesionalmente, le gusta. La diferencia estaría en el trabajo mal hecho, sin sustento estético.
Tal vez este arte no es un producto tangible del cual un Estado pueda tener recaudaciones indirectas. Es, sin embargo, una inversión en el arte que permite tener ciudadanos más humanos, sensibles y solidarios, y esa posibilidad permite juntarnos. “Si hay un departamento cultural que entienda sensiblemente esto, ya cambiarán las cosas”, insiste Mueckay.
Escenarios anestesiados
Darle al público lo que el público quiere ver solo para asegurar dinero de taquilla no es la solución para recuperar nuestro teatro, opina Cristian Cortez, dramaturgo y libretista de televisión. Autor de guiones como Souflé de rosas, Noctámbulos, Soledad con vista al mar, Huerta perdida (película grabada en Perú), entre otras, comenta que no se debe anestesiar al público dándole solo lo que quiere probar. Se convierte en una salida fácil que enmascara nuestra propia comodidad o mediocridad.
Considera que a la gente hay que presentarle un trabajo sin subestimarla como espectadora. Darle una obra a su altura, siempre pensando en un público que evoluciona y no estafarlo con el valor de la entrada. “No podemos olvidar que la forma de entretener en el 2007 no es la misma de hace 25 años”, acota Cortez.
“Estamos en emergencia” , así cataloga este autor la situación del teatro en Guayaquil. Los múltiples intentos resultan esporádicos y “es un cuento de nunca acabar”. Además, los teatreros tampoco reciben apoyo. Esta actividad ya no resulta rentable. Quienes insisten en mantener una cartelera –aun saliendo a pérdida- deben recibir nuestros aplausos, por seguir airosos contra corriente.
Si pocos son los actores que viven de su trabajo, menos son quienes escriben teatro y menos todavía, las mujeres autoras de obras teatrales. Los dramaturgos están en proceso de extinción y las dramaturgas prácticamente desaparecidas del mapa.
Para Cortez, el verdadero sueldo del dramaturgo es ver plasmada su obra en un escenario. “A veces creo que es un acto de necedad, una obsesión mental que va contra toda lógica, pues no se gana dinero escribiendo teatro, aunque el regocijo de verla en escena es ciertamente indescriptible”.
Escenarios diferentes
Nuestra ciudad tiene actores que han amado el teatro desde pequeños. Oswaldo Segura, permanece fiel al pie del cañón. A ese teatro que lo cautivó de niño. Todavía se recuerda interpretando al detective o al pistolero junto a sus amigos. Actuó en el recordado teatro El Juglar. Guayaquil Superstar, Banda de pueblo, Lágrimas y risas, entre otras obras, enriquecieron su talento. La Mueca es su actual grupo actoral y Un guayaco en Hollywood, quizás su mejor carta de presentación oficial
Segura, desde su propio escenario en el teatro Del Ángel, a diferencia de otros exponentes del teatro porteño, afirma que éste sigue luchando por subsistir en la ciudad y que el público siempre apoya con su presencia en cada espectáculo. “Creo que continuidad sí hay. Ejemplo de ello es Sarao. Kurombos, Teatro experimental Guayaquil, La Mueca y más”, asegura. Para él, los medios de comunicación son pieza clave en el desarrollo de este arte y espera que figuras de pantalla asistan a las obras y luego las critiquen de forma constructiva.
Opina que Guayaquil sí tiene cultura teatral y que la gente disfruta de todas las propuestas escénicas. “Ya hay que dejar de lado el paradigma de que en Guayaquil no hay teatro, pues sí lo hay. Incluso existen salas que funcionan desde hace 15 años”, añade. Sin embargo Oswaldo Segura debe ayudarse con su trabajo paralelo en programas de televisión local.
Por otro lado, Rashid Ahmed, director ejecutivo del Teatro Centro de Arte, expone su punto de vista como administrador de salas de teatro y critica el bajo interés de los guayaquileños por asistir a estas funciones. A lo cual se suma, que cada vez existan menos ofertas artísticas. "Lamento decirle que muchos artistas se desalentaron por el casi nulo interés de la gente en el arte", comenta Ahmed. Incluso el público prefiere mil veces ver obras cómicas, antes que dramáticas.
La seguridad es otro aspecto que impide a los ciudadanos disfrutar del buen teatro, indica el directivo, pues la inseguridad provocada por la delincuencia, genera cierto temor en salidas nocturnas a eventos y espectáculos. “En este aspecto corren mejor suerte las salas de teatro ubicadas en sectores más céntricos o de mucha vigilancia. Hasta nosotros hemos modificado nuestros horarios a funciones más tempranas”. Asimismo las dificultades para conseguir auspiciantes estanca la actividad. Ahmed destaca que es más fácil conseguir auspicio para un concierto masivo que para una obra teatral.
Escenarios perdidos
“Guayaquil debería ser la ciudad con más teatro en el Ecuador”, repite enfático José Martínez Queirolo, maestro dramaturgo guayaquileño, escritor de grandes obras (Q.E.P.D, Cuestión de vida o muerte, Montesco y su señora).
Pipo –como lo llaman- no se explica cómo los guayaquileños siendo tan “teatreros” como son, han dejado escapar de sus manos esta expresión del arte. Cuando los porteños se caracterizan justamente por moverse mucho, andar rápido, hablar con gestos, ser muy expresivos.
Martínez enumera causas que han asesinado poco a poco al teatro en nuestra ciudad.
Nombra primero a la televisión. No se refiere en sí al medio de comunicación informativa, al contrario, Pipo critica la televisión poco educativa, exhibicionista o desorientadora. Piensa que ella tiene la oportunidad de llegar a donde nadie más, pues actualmente existe un aparato de televisión hasta en lejanos rincones.
“Muchos actores del teatro tuvieron que cambiar su oficio por la televisión, pues debían ganarse la vida. Y en cuanto el guayaquileño prefirió quedarse en su casa viendo ‘tele’ que asistir a salas de teatro, nuestras costumbres cambiaron”, cuenta el dramaturgo, quien lamenta lo sucedido.
Ahora celebra cómo se pretende rescatar la clásica costumbre teatral guayaquileña.
El teatro no es solo para divertir sino para educar, explica Pipo, “y la patanada” sería la segunda causa del poco aprecio por la actuación. Está asombrado del inmenso talento escénico de algunos jóvenes, aunque le aflige ver desperdiciado ese talento en trabajos donde lo burdo y lo fácil actúan de protagonistas, con tal de hacer reír. “La gente ha aprendido a valorar una obra solo por el nivel de risas que provocan las escenas chocantes, y eso no es teatro”.
Piensa que mientras más grandes sean las salas de teatro, más se nota que no hay gente. Considera que este arte es la religión del humanismo. Un diálogo eterno entre los que están “enfrente y los que están sentados”. Se emociona contando que ha visto actores colegiales y universitarios dignos de aplaudirlos de pie. También a niños de escuela en sus primeros ‘pininos’ de actuación. Sin embargo, le reconforta aún más saber que serán ellos quienes revivirán el teatro.