Soy ecuatoriana de nacimiento, vivo fuera de mi país 35 largos años, siempre manteniendo la esperanza de que un día cambie nuestro anticuado sistema de leyes y que haya un renacimiento con las nuevas generaciones. Creo que en su mayoría las personas que vivimos fuera nos mantenemos pendientes de todos los acontecimientos que se suscitan en Ecuador.
Con beneplácito recibimos la noticia del triunfo de nuestro nuevo Presidente, pero con tristeza volvemos a mirar que aquellos que siempre se mantuvieron en el poder, usufructuando de lo que nuestro país produce y a costa de los más necesitados, nunca llegarán a un consenso general que beneficie a todos por igual. Esperemos que todo sea resuelto con justicia y a conciencia.
Mary Benavides
Ossining, Nueva York, EE.UU.
Qué lamentable es presenciar cómo se destruyen instituciones democráticas y se agrede físicamente a las autoridades, que más allá de ser buenos o malos representantes son seres humanos y por su dignidad de personas, su integridad física debe ser protegida por la fuerza pública. ¿Dónde están los representantes de los derechos humanos?
No apoyo a ninguna de las dos partes, porque a pesar de que el señor Presidente tiene el defecto de dejarse dominar por sus pasiones, confío en sus buenas intenciones y en su predisposición para cambiar las cosas y además, creo firmemente en la democracia y en el diálogo.
Ecuador sueña, requiere y exige un presente estable para proyectarnos a un futuro mejor; es necesario que se fortalezcan las instituciones, se controle el orden público, se deje de incitar a la violencia. Necesitamos soluciones, no confrontaciones; requerimos de ideas, no de insultos; exigimos tener líderes y no más niños peleones.
César Coronel Garcés
estudiante de Derecho, Guayaquil
Con las congregaciones multitudinarias en respaldo a las tesis del señor Alcalde y del señor Presidente, se aviva en nuestra ciudad una discusión profunda con relación a nuestro modelo de democracia; esto es, sentirse o no representado por los dignatarios de elección popular. Es notoria y frecuente la inconformidad general con las acciones tomadas por quienes están en el poder público; y aunque esto es común en todas las democracias del mundo, pareciere que en nuestro medio no hay manera de contentar a nadie.
Por un lado, hay que reconocer que a diferencia de otras ocasiones, nuestro Presidente está cumpliendo en la práctica política muchos de los puntos importantes (y también discutidos) de su campaña; y dado a lo complejo de su propuesta, era previsible desde la época de su candidatura, que tales postulados iban a traer consigo confrontaciones ideológicas con los defensores de otras tendencias. Pero el panorama actual es que una parte de la ciudadanía demuestra su desacuerdo con las políticas de Estado adoptadas, a pesar de que el Gobierno es fiel reflejo de su campaña electoral previa, criticista pero efectiva.
En la otra acera, similar situación sucede con el burgomaestre porteño, que aunque tuvo un masivo apoyo en las urnas, la opinión general también lo cuestiona. Es decir, más allá del lapso que dura la contienda electoral, la nación no se identifica con los representantes por ella elegidos. Caso patético de lo dicho es el Parlamento nacional, el que no merece mayores comentarios. Entonces, ¿cuál es el camino para que esta ‘democracia representativa’ pueda realmente ser denominada como tal?
El problema es claro, los cambios profundos que pretenden tanto el Alcalde con el proyecto autonómico como el Primer Mandatario con la Asamblea Constituyente deben ir encaminados, de una u otra forma, a mejorar la participación ciudadana en temas de trascendental importancia, y con costos menos elevados, como de seguro lo será una convocatoria a consulta popular. Todo ello con el firme propósito de que el pueblo soberano tenga la oportunidad de conducir su propio destino. Pero, mientras se fraguan esos urgentes cambios estructurales, el ciudadano común tiene todavía un arma dormida que debe despertar: el voto razonado, consciente y responsable.
Milton Velásquez Díaz
Guayaquil