Domingo 18 de marzo del 2007 Religiosa y Obituarios

Dios y yo

Mi limosna de Cuaresma

Al ser mañana Dios mediante su Solemnidad, en mi meditación dominical y cuaresmal, no puedo prescindir de San José. No puedo examinar el pulso de mi conversión sin recabar su poderosa intercesión. Y más si debo discurrir sobre la manifestación penitencial que más directamente mira a los demás: la bien amada limosna.

Como signo y vitamina de la conversión la limosna es el amar a los demás con obras, por amor a Dios. Lo que se puede hacer de mil formas.

Para muchos la limosna es sobre todo material. En concreto, pecuniaria. En parte porque saben que la plata puede fácilmente convertirse en bienes, pero también en parte porque les parece que otros modos de ayudar exigen entregar un tiempo del que no disponen.

De ordinario, la limosna que el Señor me pide es de otro tipo. No le interesa tanto que investigue cómo doy mi plata (porque sabe que la entrego toda a los demás), como que indague acerca de las manifestaciones espirituales de mi caridad.

Le interesa antes que nada mi preocupación por ayudar a que los otros le conozcan y le amen. Porque la caridad, si es verdadera, me ha de llevar a procurar que los demás sean felices. Y estando la felicidad en el amor a Dios, mi primer deber de caridad para con los demás es evangelizar.

He de hacerlo en el trabajo y en todo lo que me relacione con mi entorno. En los sucesos grandes o pequeños cotidianos. Con la oración, con el ejemplo, con la amistad sincera y verdadera, con la palabra y consejo oportunos.

Es tan claro y exigente este deber que puedo asegurarme lo siguiente: no puedo proclamar que quiero de verdad a una persona, si no pretendo que se entregue a Dios.

Profundizando en este amor a los demás, debo mirar cómo potencio y defiendo, en cuanto está a mi alcance, el amor a la libertad en todo lo opinable, la comprensión y la disculpa, la convivencia con todos y el perdón. El corregir –cuando hace falta– por amor y con amor. El no sentirme enemigo de nadie por más que alguno dé señales de que no me quiere bien.

Son exigencias de la caridad que siendo parte de mi vocación cristiana –más aún, su esencia y su sustancia– no debo permitir que se me llenen de herrumbre.

Para ello busco a San José. Al hombre a quien se dio el encargo más difícil que se ha dado en todo el arco de la historia humana: custodiar las dos más estimadas joyas del Señor: su amado Hijo y su querida Madre.  Seguro que mi San José me ayudará a vivir mejor la caridad con los demás esta Cuaresma.
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