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| Alguien tenía que decirlo |
¿Sociedades civiles o privadas? |
Marzo 02, 2007
Jorge Barraza | jbarraza@sinectis.com.ar Es hereje que los dos clubes más populares del país (Barcelona y Emelec) vivan penando. Hay que analizar su privatización, pero con un plan de inversión garantizado que no manejen cuatro pícaros.
Los balsámicos triunfos del domingo, tanto de Barcelona como Emelec, ayudaron al hincha guayaquileño a mitigar la insatisfacción acerca de sus clubes de fútbol.
Barcelona, tras despedir a un entrenador en la tercera fecha del campeonato (algo muy poco serio), puso su escuálido montoncito de fichas a Luis Cubilla. Ahora la ruleta está girando y la bolilla tintineando. Solo Dios sabe si caerá en el lugar deseado. Porque esto semeja más a un juego de azar que a una decisión planificada. Si la bolilla cae mal (o sea, si Barcelona pierde otros tres partidos seguidos), dirán que Cubilla tampoco sirve y le darán salida como a Bernuncio. Y vendrá otro. Y así sucesivamente. Hasta quedarse sin fichas. De tan conocido es hasta aburrido.
En Emelec, los hinchas deberían poner unas espigas de trigo sobre la imagen de Torres Garcés. El Palillo es un santo que hace milagros. Convertir a Emelec en un equipo competitivo con el escaso material que le dan es una obra más divina que terrenal. El año pasado, un golpe de suerte acercó a Escalada y Mondaini y llegó el insospechado subcampeonato. Pero no siempre uno va a meter la mano en la bolsa de los juveniles boquenses y va a encontrar, gratis, dos perlas como esas.
Es hereje que los dos equipos más populares del país, con hinchadas tan nobles y entusiastas, con dos estadios hermosos tengan que vivir penando. Clubes que se dividen, para ellos solitos, una urbe hiperfutbolera y poderosa como Guayaquil, motor económico del Ecuador.
En lugar de pelear los torneos, animar las copas y darse el gusto de contratar grandes jugadores para alegría de su gente, se debaten en una prolongada e injusta mediocridad.
Tal situación obliga a pensar si vale la pena continuar administrando esas dos pasiones como hasta hoy, bajo el marco de sociedades civiles, o si cabría intentar una privatización que impulse el despegue que barcelonistas y emelecistas se merecen. Sin embargo, más que en términos de civiles o privados, cabe mejor decir amateurs o profesionales.
La posibilidad de que los clubes se conviertan en sociedades anónimas está contemplada en el artículo 46 de la Ley de Cultura Física, Deportes y Recreación, que dice: “Los clubes que tienen en su actividad algún deporte profesional, podrán dirigirlo y administrarlo constituyendo sociedades mercantiles u otras formas societarias que se regirán por las normas establecidas en la Ley de Compañías y sus reglamentos”.
Una empresa privada que cotice en bolsa, con una estructura absolutamente profesional. No hablamos solo de afrontar las deudas, si es que las hubiere, sino de desarrollar el enorme potencial que ambos clubes tienen. Empresarios que arriesguen su dinero y conduzcan a Barcelona o Emelec como si fuera un banco, una constructora, una línea aérea. Porque el fútbol puede generar grandes negocios, pero manejado profesionalmente.
Gente que invierta en formar un equipo estelar, con fuertes divisiones menores. El nombre y los activos del club deben ser intocables, naturalmente. Asimismo deberá haber un plan de inversiones garantizado, pues tampoco es lógico que se ponga una joya como Barcelona Sporting Club en manos de cuatro pícaros que hagan el negocio para ellos solos.
Es para pensarlo. Porque desde hace tiempo llueve sobre el techo de estos dos gigantes y todo lo que se hace es tapar goteras.
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