Domingo 11 de febrero del 2007 Sucesos

La violencia se ha vuelto rutina para los habitantes de algunos sectores de la urbe

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Los asaltos, asesinatos, peleas y balaceras son situaciones a las que se acostumbran los niños, niñas y adolescentes que habitan en zonas con alto índice de violencia.

El 14 de octubre pasado un guardia privado fue asesinado en un intento de robo en la coop. 4 de Marzo de la isla Trinitaria. Entre la  curiosa multitud que se congregó alrededor de la víctima estaban dos niños de aproximadamente 12 años. Ellos discutieron sobre la parte del cuerpo en la que el hombre fue herido.

–Fue en el cuello.
–No, en el corazón.
–¿Ustedes vieron qué pasó?

 El primer menor se quedó callado y se fue, mientras su compañero contestó: “Yo escuché el disparo,  vine y vi a tres manes que se llevaban las cosas del guardia y lo dejaron botado”.

 –¿No te dio miedo  que haya  habido una balacera?
 
–Aquí siempre hay bala.
 –¿Y si te robaban la bicicleta?
–No, si esos manes (los antisociales) ya me conocen... 
–¿Los ladrones viven por aquí? (guarda silencio)  ¿Por qué no contestas?

–No te voy a decir dónde están, ahí sí me dan bala a mí.

El pequeño  rió a carcajadas y se alejó en su bicicleta.
Ver un asesinato, observar un robo o escuchar una balacera pueden ser experiencias traumáticas para cualquier niño, pero no para la mayor parte de aquellos que viven en ambientes hostiles, donde los hechos violentos se registran en cada esquina, explica Xavier Espinoza, miembro de la Red de Desarrollo Comunitario, que trabaja con 220 menores de la coop. Nueva Prosperina.

“Si un niño ve que le pegan a alguien, inicialmente se intimidará, pero si lo ve una y otra vez esto se convierte en una acción normal. Deja de ser algo malo”, refiere Espinoza.

Él aclara que esa ‘naturalización' de la violencia trae consigo problemas sociales tan graves como la delincuencia.

“Los menores tienden a repetir esas acciones y van creciendo con la  idea de que los golpes o el matar es la única manera de resolver los conflictos. Por eso vemos a tantos niños involucrados en delitos”, comenta.

Para la procuradora de menores de la Fiscalía, Rocío Córdova, este es un problema que se origina por la ruptura familiar. “Aunque se viva en la inseguridad, si los padres hablan con él y conocen a sus amigos, el menor no se va a involucrar con la delincuencia”, manifiesta.

Espinoza concuerda con Córdova en que la familia es la encargada de formar en valores al menor, sin embargo, “no se puede endosar a los padres una responsabilidad social de la que no son culpables”, dice.

Según el experto, la falta de espacios recreacionales en la ciudad está limitando el desarrollo de los menores. “Falta abrir diálogos donde el niño reflexione sobre lo que está viviendo. Lugares donde jugar, porque si encuentra un parque va otro más grande que él y lo saca a golpes, esto acarrea otros problemas”, agrega Espinoza.

Entre esos problemas está la conformación de pandillas que son el resultado –dice– de la búsqueda del menor de un grupo que lo respalde y con el que siente que puede formar parte del mundo de los adultos.
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