Salvo en los casos en que hay impedimentos insalvables para el matrimonio, las parejas en estas circunstancias enfrentan un angustiante dilema, al que se suman los conflictos y opiniones contrarias de sus respectivas familias, cuya participación es inevitable porque a menudo los futuros padres aún dependen económicamente de ellos.
Hay quienes sostienen que casarse forzados por un embarazo siempre es un error porque su unión está condenada al fracaso. Unos cuantos padres prefieren que sus hijos (o hijas) en estas circunstancias se casen, aunque saben que el matrimonio tiene pocas probabilidades de triunfar, pero quieren que su nieto nazca dentro de un hogar formado por una pareja constituida que en un momento creyó que se amaba.
Por el contrario, una mayoría de padres con frecuencia se opone al matrimonio y considera que la culpa es de la que se dejó embarazar, a quien a menudo acusan de haber quedado en estado para "atrapar a su hijo".
Si bien puede ser muy arriesgado forzar al futuro padre o madre a casarse, alentarlo a lo contrario es empujarlo a que eluda la obligación de formar un hogar para el hijo que está por nacer, y a que falte a los principios de responsabilidad, honorabilidad y solidaridad que le inculcaron.
Es cierto que una pareja que inicia así un matrimonio tiene muchas desventajas, pero tendrá más si a todas sus presiones se le agrega el antagonismo de los futuros abuelos contra quien será la madre o el padre de su nieto. Y en última instancia el más perjudicado será el bebé que está por nacer, de quien, a pesar de todo, serán sus abuelos.
Si se anteponen las necesidades del hijo, la decisión puede ser más clara y acertada. A todas luces es mejor ser hijo de unos padres que lucharon para sacar un matrimonio adelante como resultado del compromiso sagrado que adquirieron con él, que serlo de quienes solo se divertían y sin quererlo lo procrearon.
Y aunque el éxito de una unión entre quienes serán papás antes de haberse constituido como pareja no será fácil, si los esfuerzos se encaminan a apoyarlos a que solidifiquen su relación tendrán mejores posibilidades de ofrecerle a la criatura el hogar que precisa.
Ayudarlos a buscar consejería profesional para fortalecer su incipiente vínculo, animarlos a aprender a quererse y estimularlos a respetar el compromiso adquirido con quien no pidió nacer sí puede ser definitivo para que, a pesar de todo, el matrimonio tenga alguna posibilidad de consolidarse.
Es preciso lograr que las parejas en esta situación comprendan que emprenden la difícil tarea de ser pareja no solo cuando contraen matrimonio sino también cuando unen íntimamente sus cuerpos porque al procrear un hijo, en él estarán unidas sus vidas para siempre.
Así que vale la pena pensar si no es preciso "jugársela toda" por el bien de ese hijo cuyo bienestar depende, en buena parte, de la estabilidad que le proporcione la unión de sus padres y cuya felicidad, en última instancia, será un elemento definitivo para la de sus progenitores.