Cualquiera que desee tomar una medida de la importancia del futbol en Irak sólo precisaba estar en ese país durante la reciente marcha del equipo nacional hacia la final de los Juegos Asiáticos, realizados en Doha, Qatar.
Durante cada partido en el que participaba la escuadra iraquí, se detenían las labores de trabajo en todo el país, mientras la gente se reunía en torno a los televisores.
Cada victoria era celebrada con ráfagas prolongadas de disparos. El 12 de diciembre, día en que Irak derrotó en la semifinal a los surcoreanos, los favoritos, por lo menos cinco personas en Bagdad fueron trasladadas al hospital con heridas causadas por balas perdidas, informó la policía.
Cuando sonó el silbato final en el juego de campeonato contra Qatar el 15 de diciembre —una derrota 1-0 para Irak— el canal de televisión iraquí cortó la transmisión y puso en pantalla un montaje de los momentos destacados de victorias pasadas, aparentemente decidido a impedir un colapso absoluto del espíritu nacional. “Ustedes son héroes”, declaró el comentarista. “El segundo lugar es una posición hermosa”.
La afición deportiva es un fenómeno universal; pero en Irak, el futbol que es el deporte más popular del país, tal vez tenga un significado mayor a lo habitual.
“Los iraquíes no nos divertimos mucho”, dijo Mehdi Hadi Sabi, de 36 años y vendedor de autopartes. En una tarde reciente, se encontraba entre un grupo de fans acérrimos que veían al Police Club, uno de los equipos profesionales de futbol de Irak, entrenar en un pequeño estadio de Bagdad.
El futbol se ha convertido en un escape de la incertidumbre y violencia de la vida, una fuente de camaradería e incluso una fuerza de unión para el nacionalismo en un país desgarrado por divisiones sectarias.
La liga profesional quedó paralizada tras la invasión del año 2003; el juego no se reanudó hasta fines del año 2004. Aunque los estadios permanecen extraordinariamente libres de violencia, el temor a los ataques ha reducido la asistencia. Los ingresos por boletería y el apoyo gubernamental han disminuido. Los estadios e instalaciones de práctica están en mal estado. Los mejores jugadores han huido al extranjero.
La violencia también ha impedido partidos de la liga profesional en áreas del país donde la insurgencia es particularmente fuerte. Los equipos de varias ciudades violentas y emproblemadas o han dejado de funcionar o se han reubicado.
Las ligas escolares y de aficionados también han quedado paralizadas, pues muchos equipos ya no viajan fuera de sus vecindarios. En meses recientes, atletas y funcionarios deportivos han sido agredidos a tiros y secuestrados.
La posibilidad de que la temporada no culmine ha hecho trizas la moral del Police Club. “Entrenan sin propósito”, dijo Muhammad Shakir, entrenador del equipo, durante una práctica reciente. “No saben para qué lo hacen”.