lunes 29 de enero del 2007 Columnistas

Perspectiva cristiana de la globalización


El obispo Juan Pablo Crepaldi recoge  las principales reflexiones de Juan Pablo II y Benedicto XVI acerca del proceso de globalización. La globalización es un proceso que no ha llegado a su término y, por lo mismo, no hay aún resultados definitivos; por lo que no se la puede juzgar adecuadamente. Sin embargo, tratándose de una realidad antropológica, para llegar a un final positivo, ha de seguir caminos globalmente humanos.

Crepaldi señala tres visiones reducidas o simplistas de la globalización. Según una de estas visiones, la globalización causa la inequidad económica entre varios países y regiones. Habría una forma tal de determinismo económico, que no deja espacio para orientar la globalización y evitar la opresión de los pobres y débiles. Según esta visión, las personas y los pueblos son meros instrumentos económicos; en consecuencia, las organizaciones internacionales y los países más poderosos no pueden tener en cuenta las necesidades y problemas locales. Según otra visión, la globalización puede y debe ser guiada, no solo por datos económicos, sino también por el respeto de valores humanos como la libertad, la equidad, la solidaridad, para que el  proceso económico nos lleve no solo a acercarnos, sino también a unirnos. Los aspectos negativos de la globalización no se deberían solo al determinismo del proceso a favor de los poderosos, sino también a que personas y pueblos rehúsan entrar adecuadamente en un mundo globalizado, por ejemplo, manteniendo un monopolio  en la educación que impide una adecuada capacitación de sus ciudadanos a actuar en un mundo competitivo. Según una tercera visión recortada de la globalización, actualmente todo está globalizado. Esta no ve hoy, que juntamente con la globalización, se enfatizan más las identidades locales y regionales.

Para que los aspectos positivos de la globalización sean más efectivos y se eviten los dolorosos resultados de la misma, se propone una cultura basada en principios morales antropológicos, que guíen a defender la humanidad y a renovarla.

El primer principio afirma que todos los hombres y pueblos tenemos una naturaleza común. Un segundo principio establece que los bienes de la tierra tienen un destino universal. Estos principios readquieren en un mundo globalizado luminosidad y relevancia.

Algunos poderosos tratan de oscurecer estos principios con ideologías, como el racismo, o como la pretensión de ser agentes del bien, con derecho de realizar ataques preventivos, para aplastar a los que consideran agentes del mal.

La felicidad de la humanidad exige que caminen juntas globalización y solidaridad. La globalización de la solidaridad hará posible que todos los pueblos se beneficien del progreso de la ciencia y de la técnica y de los cambios económicos.

La solidaridad cristiana es más que compasión y sentimiento; nos hace corresponsables del bienestar de los demás. No hay auténtica solidaridad sin  reciprocidad, según la cual, todos hemos de contribuir al bien universal, de acuerdo a la propia identidad.

La concentración de excesivo poder en el más alto nivel impide a las personas e instituciones más pequeñas dar su aporte: un mundo talla única es menos creativo.

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