martes 23 de enero del 2007 Columnistas

Regateos de fin de curso


El fin del período escolar de la Costa arrastra consigo sus proverbiales vicios, sus inveterados procederes. A pesar de que estamos acostumbrados a ellos no dejan de repugnar y de producir indignación. Y es bueno que así sea: permanecer impasibles frente a las lacras de un sistema eliminaría cualquier posibilidad de revisarlas, hasta de pensar en ellas.

Entonces, me ocupo en meditar sobre los afanes escolares de estos días. Mientras una buena parte del estudiantado aprueba sus cursos y se marcha de vacaciones, una infaltable minoría cae en los exámenes supletorios o reprobaciones de curso.
Realidades como estas que son comunes en el mundo escolar operan como tragedias en el seno de algunas familias, cosa que no entiendo de no apelar a la vanidad por una parte o a la comodidad por otra. Todavía hay gente que se avergüenza de no poder afirmar que sus hijos aprobaron todas las materias o peor, todavía, que se disgusta por tener que vigilar estudios especiales que estorban a la hora de decidir viajes y diversiones.

Aceptemos primero que un examen suplementario o una reprobación de año escolar jamás son sorpresas. El alumno que los sufre ha demostrado sus debilidades a lo largo del período, las ha mantenido y sus padres han sido oportunamente informados al respecto. Esos son los procedimientos de la mayoría de los planteles de la ciudad. Por tanto llegar al final con tales realidades son solamente una confirmación del proceso. Por tanto, ¿por qué el regateo de las calificaciones?, ¿por qué esa tendencia a minimizar la falta de un par de “puntitos” que, numéricamente, jamás pueden reflejar todos los esfuerzos y trabajos desarrollados a lo largo de un ciclo escolar?

Los resultados numéricos –odioso procedimiento de evaluación que el sistema educativo no sabe cómo reemplazar– son índices de un abanico de situaciones personales que muchas veces tienen poco que ver con la inteligencia y dedicación del alumno. ¿Acaso el que descuida sus estudios no estará llamando la atención de sus padres que lo tienen abandonado?, ¿no se sentirá desubicado en la  especialización que sigue, en la misma institución elegida por sus mayores?, ¿no estará sufriendo acoso de sus compañeros –esas burlas atroces de los niños y adolescentes que rebajan la autoestima al sótano de la personalidad individual–, atropellos de un mal profesor?

Pero junto a todo esto que es posible, también está la realidad del estudiante sobreprotegido, mimado en exceso, sobredimensionado por su propia familia, que diagnostica que los problemas son responsabilidad de otros y no de él. Hay padres que acuden al colegio en estos días para hacer entender a los maestros que sus hijos son “así”, es decir, apáticos, irresponsables, que sobrellevan el estudio como una carga, que no pueden “dar más”, pero a pedir y presionar por las aprobaciones de cursos. En ese tráfico se moviliza toda una cadena: desde los profesores manipulables, los directivos complacientes y los responsables provinciales comprados que autorizan recalificaciones a diestra y siniestra por encima de los objetivos pedagógicos y de los rectos procedimientos. Pues sí, no hay duda, en el mundo educativo es tiempo de regateos.

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