- ENE. 19, 2007 - Foto - La Caja - EL UNIVERSO
En la población de Fago (cerca de Huesca, España) se asesinó a tiros a su Alcalde. El crimen transformó a los 30 habitantes del pueblo en potenciales sospechosos por una serie de circunstancias que no vienen al caso. Lo cierto es que varios canales de televisión pretendieron cubrir el entierro del funcionario que se realizaba en la intimidad del pequeño cementerio del pueblo. Los familiares recibieron a pedradas a los equipos periodísticos.
En la información sobre el caso proporcionado por la TV Española, apenas se mencionó el hecho como un detalle más que describe el clima de crispación que el asesinato ha producido en el pueblo.
Unos ciudadanos manabitas atacan a un equipo de ‘Televistazo’ que pretendía cubrir el velorio de un funcionario de la Empresa de Agua Potable de Manabí asesinado ante su casa. Mala cosa, obviamente. A un episodio de violencia gratuita, no queda más que condenarlo. En los distintos noticieros de Ecuavisa se convirtió el hecho en un ataque de proporciones: se elaboraron editoriales en la voz de sus principales figuras de pantalla, Alfonso Espinosa y Carlos Vera clamando por sanciones y acciones de la Policía, se presentó el caso como la vulnerabilidad en que trabajan los periodistas (por la falta de garantías), pero más que nada se transmitieron unas imágenes de impacto día, tarde y noche...
Las imágenes: la gente que asiste al velatorio se lanza en contra del camarógrafo profiriendo expresiones soeces. En un primer momento no llega a haber golpes ni contacto físico. Un asistente de producción trata de detener a los atacantes, estos le persiguen. Sale otro sujeto de algún lado y golpea la cámara. No se observa bien dónde está el reportero Hermes Campoverde, aunque se lo escucha narrar: “...solo para atacar el vehículo de Ecuavisa...” que describe el cómo algunas mujeres sacan aire de una llanta de la camioneta del canal.
Para no perder las proporciones, existe algo que cabe considerar: la agresión a los periodistas fue de personas comunes y corrientes, familiares de una persona asesinada que reaccionaron con violencia irracional porque de alguna forma se sintieron agredidos por las cámaras. Por supuesto que la agresión debe motivar solidaridad y condena, pero el episodio es muy distinto a cuando los ataques o las amenazas en contra de un periodista provienen del poder, de cualquier poder. Ahí la situación se vuelve, además, un ataque a las libertades colectivas y por tanto en algo que debe motivar comentarios, pronunciamientos y coberturas.
No debemos olvidar que el periodismo también es de alguna forma un poder y que se debe acoger los riesgos del oficio, sin tratar de convertir cada episodio en un caso de vindicta pública. Solidaridad con el compañero agredido, por supuesto, todo lo otro como que está demás.