Para una gran parte de ecuatorianos, el Gobierno del economista Correa trae consigo numerosas e imponderables esperanzas. Defraudarlas sería frustrarlas, porque todos –o casi todos– pensamos que ahora más que nunca se requiere dar un golpe de timón a la política y en especial en los poderes fundamentales del Estado.
En momentos de crisis moral y material como el presente, iniciar labores con una pugna de dos funciones tan importantes como la Legislativa y la Ejecutiva resulta la ocasión menos propicia para establecer quién es más fuerte, si el Congreso o el Presidente de la República. Un sector de la prensa ha manifestado que sería una insensatez en esta (y en cualquier otra) oportunidad.
Analistas políticos de varios partidos han expresado la conveniencia de concertar, de sentarse a una mesa para discutir con altura sobre los cambios radicales que es necesario hacer en las leyes y en las instituciones rectoras de la vida del país. Algunos dirigentes políticos y sociales de alto nivel han manifestado su voluntad de ayudar a la ordenación del laberinto que hace chocar entre sí a las instituciones.
En una sociedad como la nuestra, donde la mayoría de sus integrantes carece de medios indispensables para sobrevivir con decencia, resulta conveniente evitar que las justas reclamaciones populares desemboquen en estallidos de violencia extremada. La historia del Ecuador se encuentra llena de episodios que, vistos con ayuda de la perspectiva del tiempo, consideramos que fueron innecesarios.
Cualquier observador imparcial puede dar testimonio de que instituciones como el Congreso Nacional pasan por una crisis tan grande que ya el hombre común les ha perdido el respeto que les tuvo hasta época no muy distante.
La Asamblea Constituyente es hoy la razón y el motivo de mayor controversia. Consideramos que sería el más grande aporte para encaminarnos hacia un Estado de mayor justicia que elimine los problemas, hasta hoy insolubles, del retraso y la miseria que agobian al hombre multitud.
Todo choque político que no sea inspirado por razones sociales debe ser enviado al cesto de papeles, para dar paso a la solución de los problemas de trascendencia humana. Y la Asamblea Constituyente significa, en mi opinión, una razón vital imposible de esquivar.