Los comandos de la Defensa Civil y habitantes de zonas vulnerables aguardan por recursos y el plan del nuevo Gobierno para afrontar el fenómeno El Niño.
Es mediodía del miércoles pasado, Víctor Jimbo (de 45 años) prepara el suelo para ubicar los ladrillos que fabrica a diario. Con una tablita quita las piedras del terreno donde colocará el molde con mezcla para seis bloques, los ordena en filas para que se sequen en el sol y luego los mete a un horno, que parece un castillo de ladrillos.
Jimbo, junto con otros 60 parientes (el más inútil tiene 6 hijos, dice refiriéndose a sus 14 hermanos), apuran la fabricación de ladrillos ante el anuncio del fenómeno El Niño.
En el invierno del 2006, esta zona se inundó por completo y la Defensa Civil tuvo que albergar a 420 personas en las escuelas de Huaquillas.
Jimbo perdió $ 1.500 en los 5.000 ladrillos que se deshicieron con el agua.
“Cuando llegan las lluvias el río Zarumilla se desborda e inunda todo lo que ve”, explica Jimbo, señalando con su mano izquierda un extenso terreno formado por lagunas, islotes de arcilla y lodo, y grandes muros de ladrillos en el que trabajan otras 20 personas.
Esta zona es conocida como el sector de los ladrilleros, porque reúne a tres barrios (Miraflores, Milton Reyes y 9 de Octubre), cuyos habitantes, unas 250 familias, se dedican a elaborar el bloque rojizo.
Los tres barrios se inundan todos los años, incluso sin lluvias, afirma Alfredo Tamayo, concejal y coordinador de la Defensa Civil cantonal.
“Con que llueva más arriba (Aguas Verdes o Tumbes) es suficiente, toda el agua baja por el Zarumilla y los caminos se convierten en ríos”, afirma.
Se refiere a las calles que conducen a los diferentes hornos (cada uno identifica a los propietarios de las ladrilleras). “Por aquí navegan canoas con motores fuera de borda”, añade Ángel Pizarro, síndico de la Asociación 9 de Octubre, que reúne a 45 socios ladrilleros.
Entre febrero y marzo llegan las lluvias más fuertes, todo se inunda y ellos deben esperar entre tres y cuatro meses para poder trabajar nuevamente.
Después del invierno pasado recién trabajamos dos meses (noviembre y diciembre), recuerda Jimbo. “Los que recuperan algo de material lo venden en la vía Panamericana, cerca de la oficina de Migración; y los que pierden todo buscan trabajo en lo que sea o viven de las raciones alimenticias que reparten la Defensa Civil y el Municipio”, añade.
La Defensa Civil de Huaquillas ni siquiera cuenta con bote o camión propio para movilizarse y atender a tiempo las emergencias. “Cuando llegan a sacar a la gente, ya todo está bajo el agua”, relata Pizarro, pero reconoce que sin su ayuda no tendrían qué comer.
Debemos esperar a los voluntarios de Machala porque allá tienen cinco fibras, justifica Tamayo. Tampoco poseen una ambulancia, y no pueden contar con la del hospital de Huaquillas porque no sirve.
La Defensa Civil de Machala tiene una, pero en la última emergencia sufrió un choque y no hay dinero para arreglarla. La dirección de El Oro, según su comandante, Marco Reynoso, no tiene presupuesto propio. En el 2006 recibieron $ 300 que alcanzó solo para pagar la luz.
El resto del año viven de los convenios de cooperación que tienen con el Consejo Provincial, el Municipio de Machala y otras organizaciones internacionales.
En Machala, de los 60 voluntarios que tuvieron en el 2006, solo quedan 30. “No hay cómo costear los refrigerios, ni los uniformes”, según Reynoso. La última vez que recibieron equipos fue en 1998.
De los 14 cantones de El Oro, 5 son vulnerables de inundaciones (Machala, Santa Rosa, Arenillas, Huaquillas, El Guabo); y otros 5 de deslaves (Zaruma, Piñas, Portovelo, Atahualpa y Marcabelí).
$ 14
MILLONES
Aproximadamente, es el presupuesto que ha pedido la Defensa Civil para afrontar los efectos del fenómeno natural.
9
AÑOS
Desde 1998 las direcciones de la Defensa Civil no reciben equipos nuevos. En Manabí, eso no sucede desde 1992.