Click para ir a eluniverso.com

El scout que llegó a la presidencia

Imprimir esta noticia Enviar noticia por e-mail

Enero 12, 2007

Marcia Barzola | Redactora

Siempre sonriente y bromista, hasta con los sacerdotes de su colegio, de donde algunas veces fue suspendido. Pero también explosivo, si algo no le gusta o ve una injusticia. Así es el presidente electo Rafael Correa Delgado.

Bromista al punto de inventarse  apodos. Explosivo cuando algo no le agrada o si ve una injusticia. Experto en organizar grupos, pero desordenado con sus cosas. Caballeroso con las mujeres, entre quienes prefiere a las más sencillas. Amante de la lectura, del fútbol, de lo nacional, de la comida típica, de la música protesta y la andina. Su canción preferida,  Hasta siempre comandante,  que en 1965 escribió el  cubano Carlos Puebla en homenaje al revolucionario Ernesto Che Guevara.

Así describen  amigos y familiares a Rafael Correa Delgado, el hombre que tenía menos de 10 años cuando  le dijo a su madre, Norma, que iba a estudiar mucho porque quería ser presidente del Ecuador, sueño que realiza hoy.

Rafiquito, como lo llamaba  Mercedes Hurtado, una esmeraldeña que lo cuidó desde los 10 años mientras su madre trabajaba, cuenta que aprendió a tocar la guitarra a los 12, época en la que usaba lentes y en la que además de jugar incansablemente con la pelota de trapo  con sus amigos de barrio (Tomás Martínez y Baquerizo Moreno,  centro de Guayaquil) y del colegio San José La Salle, incursionó como boy scout.

Dos años más tarde vivió una de las peores experiencias: su hermana menor, Bernarda, a quien llamaba Bananita, falleció. Fue un golpe fuerte, porque ella era la niña con quien Rafael correteaba por la casa y con la que 'peleaba' por Barcelona y Emelec, el club que le enseñó a querer su extinto padre de quien heredó el nombre. Es que en casa de los Correa Delgado, las mujeres, Pierina y Bernarda, eran hinchas amarillas, como su madre; mientras que Fabricio y Rafael se hicieron azules.

Pero su padre también les inculcó el amor por lo nacional. Rafael y sus hermanos prefieren la ropa hecha en Ecuador. "Siempre nos compraban los zapatos en Ambato", cuenta Fabricio, con quien desde niño el presidente electo compartió el dormitorio. Lo conoce a la perfección y critica lo desordenado que es, tanto "que  ha perdido unos 50 celulares". Pero admira su pasión que siempre tuvo por la lectura.

En las aulas del colegio fue buen estudiante, pero a la vez inquieto.
Desde los 16 años comenzó a dar clases de matemáticas a sus compañeros de clases, lo que le significó sus primeros ingresos. En su época estudiantil fue suspendido varias veces,  siempre por bromista.
Una de las anécdotas que recuerda su madre fue cuando se escondió en una biblioteca  e hizo asustar a un sacerdote del colegio, por lo que recibió una fuerte sanción.

Pero detrás del hombre sonriente hay otro que explota con facilidad cuando  algo no le gusta o si ve cosas que él cree injustas. Incluso su madre siempre recuerda que en una ocasión, cuando Correa tenía 5 años y ella recién había arreglado la cama,  él desordenó las sábanas porque estaba con coraje. Ella lo amenazó con castigarlo si no corregía el desorden y enseguida tuvo que rectificar su malcriadez.

"Nunca quiso que comiera en la cocina. Se ponía bravísimo con su mamá por eso y le reclamaba. También él detestaba que alguien diga 'mi empleada', porque no le gusta que al pobre lo hagan menos", recuerda doña Mercedes.

Sus amigos dicen que el presidente electo no es "buen bebedor". Lo que más le divierte es tocar la guitarra. Puede pasar horas  cantando. Pero a veces eso le afecta su garganta, el punto más débil de su organismo, por lo que -cuentan- necesitó un tratamiento especial en su época de campaña.

Correa no es de las personas que memorizan las cosas, más bien es analítico. "En  clases casi nunca tomaba apuntes. Él actuaba según la lógica. Tenía una buena retentiva, con un razonamiento lógico bien notorio", dice Mauro Toscanini, compañero de la Universidad Católica de Guayaquil, donde impuso liderazgo cuando dirigió a los estudiantes, a quienes motivaba a sembrar árboles dentro de la institución.

Cuando se trata de alimentarse, Correa puede comer algo muy sofisticado en un gran restaurante o en un quiosco, pero lo disfruta. En el desayuno prefiere  jugo de frutas, leche con café y dos sánduches. Aunque también le encantan los patacones con queso. Su comida favorita es el arroz con menestra y chuleta; también gusta del seco de pollo y de los cebiches, pero con los mariscos bien curtidos con limón.
Su debilidad es el caldo de salchicha. Cuentan que siempre que venía a Guayaquil prefería ir a comer en Durán.

Nunca le agradó ser "fanfarrón", siempre se vistió con lo que la mamá le podía comprar. Es informal y le encanta usar  jeans. No le gustan las elegancias. Por eso, sostiene, que no quiere que sus tres hijos "crezcan en la opulencia", tanto que se niega a llevarlos a vivir en el Palacio de Carondelet, adonde llega hoy tal como lo soñó cuando todavía era un niño.


Ir a la portada de eluniverso.com
Derechos Reservados © Compañía Anónima EL UNIVERSO. Todos los Derechos Reservados