martes 09 de enero del 2007 Columnistas

El premio Eugenio Espejo

El Ecuador es un país sin premios culturales de importancia. Contrastan con esta observación las numerosas preseas que se otorgan en todos los demás países latinoamericanos.

Cuando faltan pocos días para terminar su mandato, el presidente Alfredo Palacio ha comunicado al país la concesión del Premio Eugenio Espejo a un grupo de hombres que dedica su existencia a la cultura.
Esto llama la atención porque los artistas, científicos y promotores culturales son generalmente los “parientes pobres”, los invitados singulares en la fiesta del Estado.

En esta vez, los reconocimientos corresponden al doctor Ramón Lazo, sabio investigador especializado en Parasitología y Micología; Miguel Donoso Pareja, narrador, poeta y crítico literario. Su labor en las letras ha sido apasionada y profunda como director y coordinador de  talleres literarios. Édgar Palacios, músico y maestro de músicos, creador del Sistema Nacional de Música Para Niños Especiales (Sinamune) que brinda terapia y capacitación a niños y jóvenes discapacitados. Diego Luzuriaga, autor de la ópera Manuela y Bolívar. El Director de la Orquesta Sinfónica Nacional recibió el premio correspondiente a la Orquesta.

En varias ocasiones, este botellero se ha referido a la circunstancia especial de que el Ecuador es un país sin premios culturales de importancia. Contrastan con esta observación las numerosas preseas que se otorgan periódicamente en todos los demás países latinoamericanos. Seguramente a ello se debió la resolución del presidente Palacio que eleva el monto de los premios en efectivo para los distintos roles de la cultura. Y aún más: establece que se otorgue el premio anualmente, y no bianualmente como se había venido haciendo.

Por muy cuidadoso y exigente que pueda ser el crítico de este otorgamiento, puede haber diferencias de criterio sobre los premiados; pero todos –o casi todos– estarán de acuerdo con el acierto, la sensibilidad  y la justicia con que se han otorgado los premios a destacados cultores del arte y la ciencia nacionales. “Honrar, honra”, dice un viejo precepto: el Gobierno nacional se ha honrado en reconocer a estos trabajadores de la inteligencia. Cuando pase al recuerdo la historia del Premio Espejo, los amantes de la cultura conservarán la memoria de un Gobierno que mostró respeto por los que hacen la belleza del arte y la hondura humanística de la ciencia.

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