- ENE. 09, 2007 - Foto - La Caja - EL UNIVERSO
“Nunca se ha visto tanta gente en Picaihua”, decía uno de los reporteros que acompañaron el cortejo fúnebre de Carlos Alonso Palate.
Aunque bien se podía redondear la frase: “Nunca se ha visto tantos reporteros, tantas cámaras, tantos micrófonos en una población tan pobre y tan olvidada”.
El fin de semana Carlos Alonso Palate volvió a la tierra andina e imperturbable donde le tocó nacer. Los extraños laberintos de la vida y de la muerte lo convirtieron en celebridad y en objetivo informativo que explican el ejército de comunicadores en San Luis de Picaihua. Las cámaras estuvieron para captar los lamentos, el llanto a gritos, el dolor, los desmayos, pero no vieron ni a las personas ni al tiempo ni la tierra del humilde cementerio. El mundo andino sigue siendo una incógnita que seguirá ahí, como la madre de Carlos Alonso y su mirada nunca a la cámara.
El escenario cambia radicalmente ahora. El ejército de reporteros, cámaras y micrófonos está en El Oro para dar cuenta del segundo adiós de las más recientes víctimas de ETA, el de Diego Armando Estacio.
Como suele suceder en estas ocasiones: hay que ver las diferencias, lo no dicho y lo no mostrado para comenzar a tener las nociones de un cuadro completo. Comenzó a suceder este domingo.
Los primeros reporteros buscaron rastros de Estacio en el entorno y encontraron fragmentos, ausencias, las conexiones cotidianas irrelevantes a primera vista: “Cuando se les quemó el aparato venían a mi casa a ver la televisión”, declaró una antigua vecina ante los ojos de un pequeño que ve la tele en la casa de los vecinos y sueña con hacer el gran viaje. La televisión como parte del rito diario y circular: del pequeño Diego Armando Estacio, de decenas de pequeños con él. De Estacio convertido en víctima del terrorismo y símbolo de otros miles de pequeños, hoy.
Uno de los grandes teóricos de la comunicación electrónica, Marshall McLuhan, solía decir que los contenidos de un medio no importaban tanto como se cree, que era la naturaleza del medio la que determinaba el tipo de mundo donde vivimos. Y lo explicaba así: No importa si alguien dice que no ve televisión, el hecho es que vivimos en un mundo televisivo y televisado.
Esa es la gran contradicción: lo clave –aunque los contenidos sí importan y mucho– es que la tele tiene vida más allá y pese a ella misma. “57 canales y nada en ellos” solía cantar Bruce Springsteen y me acuerdo de esos versos mientras paseo por el “paquete básico digital” de la televisión por cable, 15 canales más que nunca veré por más de 30 minutos...