Cuando estos días le decimos a alguien que tenga un feliz y próspero Año Nuevo, no le estamos adivinando el futuro sino manifestándole nuestros buenos deseos. A veces lo expresamos con mucho énfasis, de tal modo que si lo dijéramos por escrito habríamos de poner la frase entre signos de admiración. Y si ahora, en el título de este artículo, no he puesto esos signos sino los de interrogación, no es por mengua de mis mejores deseos, sino por dar a mis lectores, con ese titular de pronóstico reservado, una especie de resumen anticipado del análisis y la opinión que suelen buscar en esta columna y que esta vez se refiere al futuro inmediato de nuestro país.
Empinándome sobre los dichos y los hechos que son como un preámbulo del Año Nuevo ecuatoriano, he tratado de escudriñar los albores del 2007. Y lo primero que vislumbro es una nebulosa perspectiva de cambio, que unos tratan de concretar lo antes posible, dentro del Estado de Derecho, en tanto que otros prometen hacerlo arrolladoramente, sin miramientos jurídicos, con meros actos de poder y de masas. Y si nunca es predecible a ciencia cierta el futuro, lleno de imponderables, mucho menos lo es ahora, cuando de entrada lo que se avizora es lo que algunos colegas periodistas vienen llamando un “choque de trenes”: algo tan catastrófico y anunciado que parecería mentira que vaya voluntariamente a darse. Pero, ¿se dará?
Aunque lo único cierto por ahora es la mayor incertidumbre, me atrevo sin embargo a adelantar que si llegara a prevalecer el arrollamiento promovido por el nuevo gobierno, el inconcreto cambio a darse apuntaría a ser, eso sí, total. Así lo señalan los pasos que vienen dando sus promotores desde antes de ser gobierno: desde cuando renunciaron a presentar candidatos para integrar el Congreso Nacional, evidenciando que no están dispuestos a compartir el Poder del Estado con las demás funciones esenciales en que se divide el mismo, dentro del sistema jurídico-político de pesos y contrapesos democráticos y republicanos. Apostaron desde entonces al todo o nada, porque su vocación es al poder sin contrapesos, o copando todas las instancias. Con un primer paso a darse en el 2007: la tan anunciada, edulcorada y bien publicitada consulta popular, fundada en la mera voluntad del poder, por encima de la Constitución y las leyes, para cohonestar una Asamblea Constituyente originaria, de plenos poderes, a convocarse con base en un estatuto que equivaldría a una Ley Especial de Elecciones, dictada mediante una especie de Decreto Supremo ad referéndum. ¿O no sería así?
La incertidumbre no solo se da en lo interno sino también en lo externo. Comenzando por la de nuestras relaciones y realidades de diversa índole frente a Colombia y Perú, nuestros vecinos colindantes.
¿Hasta dónde llegará el deterioro de las relaciones con Colombia?
¿Cuáles, las consecuencias para nuestra política antidrogas y de seguridad nacional? ¿Vendrá el Presidente de Colombia a la posesión del mando presidencial en Ecuador? ¿Lo podría hacer mientras no se hubieran normalizado las relaciones diplomáticas con el reintegro de nuestro embajador en Bogotá? ¿Se terminarán ratificando en el 2007, aunque sea con reajustes, los TLC firmados por Perú y Colombia con Estados Unidos? ¿Cómo nos afectaría esto en el ámbito del comercio internacional? ¿Nos debería importar la desigualdad de atractivos para la inversión productiva que podría darse entre Ecuador y sus vecinos?
¿O deberíamos desentendernos de eso, como ahora se aconseja que lo hagamos con el llamado riesgo país?
Podría seguir bosquejando en muchos ámbitos, entre interrogantes, la nebulosa realidad ecuatoriana del año venidero. Pero no me queda espacio para hacerlo, ni resulta indispensable. Porque en resumen y de cierto modo, ya desde el propio título de este artículo queda dicho todo.