Cerramos el 2006 en medio de la algarabía y los festejos, los fuegos artificiales y los bailes, dejamos atrás un año más e iniciamos el 2007.
Lo que mejor ejemplifica ese paso de año en nuestro país es el viejo, ese monigote que representa el tiempo fenecido y que quemamos ritualmente a las doce de la noche del último día del año.
El uso del fuego para quemar el año es una tradición afincada en el país y constituye rasgo distintivo de nuestra cultura nacional. Quemamos el año en todo el país y en ello participan adultos, jóvenes y niños de toda condición social. El fuego tiene un importante simbolismo, seguramente de arraigada expresión católica: representa la purificación de aquello que socialmente calificamos como lo malo de los 365 días transcurridos y que al quemarse permite comenzar el nuevo año sin pecado. El fuego que aplicamos al viejo es la imagen misma del castigo y el envío a las pailas calientes del infierno de aquello que fue malo. La idea del año nuevo como niño tiene significación de pureza y bondad.
Solíamos desde niños preparar el año, su testamento y sus viudas como familia y vecindario. En cierta manera, la tradición afianzaba la idea de comunidad que representaba por medio del viejo aquello que se debía quemar. Los niños y niñas reuníamos dinero que nos permitía pagar los gastos y comprar algún caramelo. Cuando llegamos a la juventud y aun recién casados, mantuvimos la tradición. En la esquina de mi casa se armaba el viejo y se reunían amigos y familiares que compartíamos una visión del mundo. Coincidió esto con el regreso a la democracia y quemamos año a año al presidente de turno, al que culpábamos de los males de la república, la aplicación del recetario neoliberal o el pago de la odiosa deuda externa. En cada representación estaban en negativo, algunos valores compartidos: un desarrollo incluyente, la democratización de la democracia, la transparencia, la elaboración de una propuesta nacional de desarrollo.
En esos tiempos, la decisión de a quién representar era materia de larga discusión y de consenso, la armada de los viejos era esfuerzo colectivo, las viudas las representaban nuestras hijas, el testamento se encargaba al poeta del grupo, hoy editorialista de EL UNIVERSO, y la parte de fuegos artificiales correspondía a alguien que a partir del 15 de enero será ministro de Cartera importante. La quemada del viejo, acompañada de bailes y de algo de licor, de cohetes que iluminaban el cielo y quemaban de paso algún saco, se prolongaba varias horas, ante una multitud que conocía ya de nuestra tradición.
Hoy, 17 años después del último viejo que quemamos colectivamente, esos recuerdos y los valores subyacentes vuelven a la mente. Si bien hemos tomado caminos distintos, esos valores siguen presentes. Me pregunto si unos de estos fines de año se quemarán monigotes que nos representen como generación, por haber fallado en traducir esos valores en prácticas de una sociedad más justa, más democrática, en que quepamos todos y donde predomine el consenso y no la imposición.
Todavía tenemos tarea por lograrlo, pero el tiempo es ya corto.