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La intimidación, su principal arma

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Diciembre 29, 2006

A los pocos días de tomar el poder, en 1979, Saddam Hussein citó a unos 400 funcionarios y anunció que había descubierto una conjura contra el partido gobernante. Los conspiradores, dijo, estaban en esa sala.

Mientras Saddam, que por ese entonces tenía 42 años, saboreaba un habano, se leían en voz alta los nombres de los supuestos conspiradores. La policía secreta sacaba de la sala a los presuntos conspiradores, cuando sus nombres eran mencionados. Algunos de ellos, desconcertados, gritaban  ¡viva Saddam Hussein!, en una demostración inútil de lealtad.

Cuarenta y dos hombres fueron ejecutados. Para asegurar que los iraquíes se enteraran, Saddam ordenó filmar el procedimiento y distribuyó copias del video por todo el país.

La acusación de conjura era falsa. Pero en pocos minutos aterradores del 22 de julio de 1979, Saddam eliminó a sus posibles rivales, consolidando el poder que mantuvo hasta que las fuerzas extranjeras lo derrocaron en el 2003.

Saddam gobernó Iraq con una crueldad singular. Nadie estaba a salvo. Sus dos yernos fueron asesinados por orden suya después de que huyeron a Jordania, pero regresaron en 1996 tras recibir garantías de seguridad.

Esa brutalidad y poder de intimidación lo mantuvieron en el poder durante la guerra con Irán, la derrota en Kuwait y las rebeliones de los curdos y los chiíes, las sanciones internacionales, conjuras y conspiraciones.

Pero esos mismos métodos fueron su perdición. Confiando sólo en pocos allegados, Saddam se entregó a sus aduladores, elegidos por su lealtad más que por su inteligencia y capacidad.

Y cuando fue derrocado en abril del 2003, dejó un país empobrecido _a pesar de la vasta riqueza petrolera_ y lleno de tensiones étnicas y sectarias.

En sus escasas apariciones públicas, las multitudes lo recibían con cánticos de sacrificamos nuestra sangre y alma por Saddam. Pero poco a poco se aisló del pueblo, y se concentró en un pequeño círculo de consejeros provenientes de su familia cercana o de su clan.
 
La imagen y la ilusión eran herramientas importantes para Saddam.

Buscó forjar una imagen de líder todopoderoso y sabio de la nación árabe. Su modelo era el guerrero del siglo XII Saladín, que tomó Jerusalén _hasta ese momento en manos de los cruzados_ y coincidentemente nació como Saddam en el área de Tikrit, en el norte de Iraq.

Su estilo, sin embargo, fue más similar al de los jefes tribales iraquíes, que repartían favores a cambio de absoluta lealtad.

Alentó la ilusión de un Iraq poderoso, con el cuarto ejército más grande del mundo y armas letales.

Pero todo eso era una mera ilusión. Su ejército se desmoronó en semanas luego de confrontar a las fuerzas estadounidenses y sus aliados en Kuwait en 1991.

Y en el 2003, su capital cayó ante una sola brigada estadounidense.

Las armas de destrucción masiva demostraron ser un engaño para mantener a los iraníes, sirios e israelíes _y a los estadounidenses_ acorralados. Ni sus propios científicos se atrevieron a decirle que sus sueños armamentistas estaban más allá de la capacidad industrial del país.


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