lunes 25 de diciembre del 2006 Columnistas

Mensaje de la paz


Hay un tema del mensaje de la Paz de Benedicto XVI que me trae a la memoria el Tribunal Internacional de Nüremberg, que juzgó a los que perdieron la II Guerra Mundial. Los jueces, para  ponerse de acuerdo en las normas para juzgarlos, tuvieron que aceptar que hay unas normas que fluyen del ser humano, válidas para todos.

Las Naciones Unidas se pondrían posteriormente de acuerdo en que los derechos humanos  están enraizados en el ser humano.

Me parece dramática la señalada contradicción entre la unánime defensa de los derechos humanos y  el progresivo oscurecimiento de lo que es  persona humana.

Benedicto XVI recuerda que el ser humano fue creado a imagen de Dios; que no es solamente “algo”, sino “alguien”, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse libremente y de entrar en comunión con otras personas. El ser humano tiene la tarea de madurar en su capacidad de amor y de hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en la paz. Las normas del derecho natural no son directrices que se imponen desde fuera, sino orientaciones internas para ser lo que es y crecer como es.

Hay una igualdad esencial entre las personas humanas; igualdad que viene de su origen trascendente. Contrariamente a esta igualdad han crecido desigualdades injustas; desigualdades, unas en el acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la casa o la salud; desigualdades otras entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales.

Surge una pregunta: ¿El debilitamiento de la identidad de la persona humana no es acaso provocado o fomentado por quienes pretenden ser superiores, para justificar estas desigualdades? Se fomenta una indiferencia ante lo que constituye la verdadera naturaleza del hombre, haciendo posibles las más extravagantes interpretaciones de las dimensiones constitutivas del ser humano. Debilitándose la consideración de la persona humana, se abren las puertas a imposiciones autoritarias, terminando así por dejar indefensa a la persona misma y, en consecuencia, presa fácil de la opresión y de la violencia.

Como expresión del menoscabo de la identidad de la persona, en este último decenio se ha hecho patente una contradicción: por un lado se multiplican las declaraciones de derechos,  que se proponen como absolutos; por otro lado se priva de consistencia al ser de la persona humana,  fundamento y destinataria de esos derechos. Si solo para algunos la dignidad de la persona humana es permanente, es válida para todos y en cualquier lugar; y si para otros esta dignidad es versátil, con derechos siempre negociables, tanto en los contenidos como en el tiempo y en el espacio, los derechos y responsabilidades quedan al vaivén de la conveniencia de los más fuertes, por ejemplo, de los que controlan los medios de comunicación.

Así como son inaceptables las concepciones de Dios, que impulsen a la intolerancia ante nuestros semejantes y el recurso a la violencia contra ellos, no es admisible que se promuevan concepciones de la persona humana, que conlleven germen de contraposición  y violencia.

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