martes 19 de diciembre del 2006 Columnistas

El ‘primer día de la creación’

El nuevo mandamás se siente rebajado  si prosigue un plan o proyecto creado por su antecesor.

Cada vez que inicia su labor un funcionario de alto rango, ordena que se cambie todo “en la cabeza y en los miembros”.

En nuestro país existe una costumbre muy arraigada, impuesta por los tecnócratas y quicuyos de alto rango, incluidos primeros mandatarios: cambiarlo todo, como si se tratase del “primer día de la creación”. Se trata de un acto egoísta y burocrático por excelencia. El nuevo mandamás se siente rebajado de categoría si prosigue un plan o proyecto creado por su antecesor. Quiere ser una especie de mesías, de inventor de todo lo bueno, capaz de borrar con su codo todos los trabajos del burócrata que le antecedió.

Esta forma de proceder es causante de una gran pérdida de capacidad de servicio. Aparte de implicar derroche mortal para la economía de un país, máxime si pertenece –como el nuestro– al Tercer Mundo.

El servicio público desinteresado e impersonal debe ser norma universal inquebrantable, pues actuar de otro modo resulta más propio del dueño de una finca, una hacienda o de cualquier negocio privado. Las oficinas públicas suelen presentar en el inicio de una administración, el aspecto de campo de batalla, en el que se ha cercenado las cabezas principales. Y con ellos han sido separados todos los soldados de menor cuantía, por el delito de no ser miembros del partido que comience el mandato.

Hay una especie de conformidad trágica en los cesantes, frente a las leyes impuestas por los burócratas gobernantes. Pero lo que produce lesiones económicas y sociales de mayor trascendencia es el conjunto de planes y proyectos que son interrumpidos o cancelados, no por su inconveniencia sino porque tienen origen en  administraciones ajenas a la que está en el candelero.

Cuando se pregunta al mandamás o los mandamases de turno la razón de quedar inconclusa una obra necesitada por el país entero, los  consultados muestran su sorpresa de que el simple mortal no sepa que tal programa o plan “pertenecía a fulano o zutano que lo crearon”. Por lo tanto, desaparecido su autor, creador o padrino, el aludido proyecto debe ser reducido a papel picado. Así se explica el que muchas obras de trascendencia se han mantenido durante muchos años en el congelador o en el archivo fúnebre, lejos del contacto con el pueblo, presunto beneficiario del servicio.

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