Domingo 10 de diciembre del 2006 El País

Brujerías que matan

AMBATO | Cecilia Robalino y Wilson Pinto, redactores

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AMBATO.– Las autoridades no tienen cifras oficiales de cuántos lugares se dedican a ofrecer el servicio de brujería, que es muy demandado por indígenas de la zona rural.

Para los indígenas de esta provincia, los brujos curan, dan bonanza y hasta pueden causar la muerte.

La noticia sobre el asesinato de siete personas que practicaban la brujería en esta localidad, ocurrido el  1 de diciembre pasado, y que –según las primeras investigaciones– habrían sido ajusticiadas por algún cliente no satisfecho, se comenta en toda la provincia.

En especial en los sectores indígenas donde se demanda más esta práctica, como las comunidades Calhuasig Chico y Calhuasig Grande, de la parroquia Quisapincha, donde en la última década se ha castigado a cuatro mujeres que practicaban la brujería.

La Policía maneja la hipótesis de que la matanza obedecería a una rencilla entre brujos. Aunque todavía se investigan las causas que llevaron a una de las partes a  apuñalar, disparar y prender fuego a los cuerpos para quemar la vivienda y simular un incendio.

Vecinos de José Ignacio Yanchapacta (de 45 años) en Calhuasig Chico, quien murió hace tres meses, según dicen a causa de un embrujo pedido por alguien que lo quería muerto, barajan la posibilidad de que mataron a los  supuestos curanderos por estafa o un mal reparto de ganancias.

Ellos basan su apreciación en lo que ven a diario. En estas comunidades es muy conocido que cuando una persona cree que ha sido embrujada va donde algún hechicero para que la libere del maleficio. Este le confirma que su nombre consta en la “lista” o “libro negro” de algún brujo y para liberarlo cobra de 500 a 3.000 dólares.

Después el brujo se pone de acuerdo con un colega y le pide que coloque el nombre del nuevo cliente y lo busque para que, por cierta suma de dinero, le diga quién lo embrujó. Así, ambos ganan dinero.

Siguen creyendo

Un morador de Calhuasig Chico, ubicado a una hora de Ambato, dijo que pese a lo ocurrido ellos acuden a los hechiceros que se agrupan en la ciudad. “Uno va porque necesita que le cure alguna enfermedad o para quitarse la ‘pisada’ que alguien le ha cogido. Sabemos que hay unos que estafan a la gente, entonces los buscamos, traemos a la población y los castigamos con agua helada y latigazos”.

Santiago Pasaochoa, profesor indígena de la escuela fiscal Medalla Milagrosa, asentada en Calhuasig Grande, y en cuyo patio hace diez años se castigó a las hermanas Heredia por prácticas de brujería, expresó mientras lo rodeaban decenas de sus pequeños alumnos, que lamentablemente aún permanece entre cientos de indígenas la creencia de que les cogen la “pisada” y se la llevan al brujo para que le aplique algún trabajo.

Según Pasaochoa, la ‘pisada’ consiste en que una persona toma la tierra que pisó su enemigo, pero antes le señala una cruz con un machete. Después la lleva al hechicero acompañada de alguna prenda de la víctima. Esto también se hace para sanar a una persona, conseguir el amor de alguien, entre otros pedidos. 

“El hechicero, después de saber cuál es el trabajo que tiene que hacer, indica el costo y si ve que puede aprovecharse de quien le pide el trabajo, le dice que él también es víctima de algún embrujo. De esa forma gana doble”, indica.

Pasaochoa asegura que antiguamente “sí funcionaban” los brujos, pero no como ahora.

Entre los clientes de los brujos Francisco y Carlos Camana, que están entre los siete asesinados, hay quienes los consultaron por enfermedades, amores no correspondidos y venganzas.

Pero según las autoridades y los ambateños, pese a los asesinatos y las estafas, la demanda de la brujería continúa.

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