- DIC. 04, 2006 - Foto - La Caja - EL UNIVERSO
Hace algunos días pude ver el despliegue de los canales de televisión española sobre la visita que realizó Isabel Pantoja a Julián Muñoz, su pareja y ex alcalde de Marbella, encerrado en la cárcel por acusaciones de corrupción.
Durante prácticamente una hora, las cámaras siguieron todo el movimiento ante la cárcel. El momento en que llegó la Pantoja y pasó los controles penitenciarios, el reportero relataba cómo la cantante daba un paso, a quién miraba y a quién no.
Después de un momento llegaron las hermanas de Muñoz elevando el morbo de la transmisión. ¿Se hablarán con Isabel? ¿Se mirarán siquiera?
Unos minutos más tarde, la transmisión dio un giro inesperado: una de las hermanas del ex alcalde regresó al auto, sin entrar siquiera al centro penitenciario.
Reporteros y cámaras la persiguieron, mientras la señora desesperada trataba de ubicar dónde habían dejado el vehículo. Cuando lo alcanzó, abrió las puertas desesperadamente y se encerró el resto de la jornada.
Una hora de programación siguió bajo ese ritmo. La transmisión en vivo y en directo fue acompañada desde el estudio por los comentarios e interpretaciones de un par de conductores que especulaban sobre la escena entre la Pantoja y las hermanas de Muñoz (al parecer, no se quieren mucho) y demás detalles escabrosos del caso.
Mal de muchos, consuelo de tontos. La televisión ecuatoriana aún no llega a esos límites –afortunadamente– su “prensa rosa” o del “corazón” es incluso bastante ingenua. No llega a esa asfixiante persecución y acoso con los famosos, pero bien puede ser una foto de lo que tendremos en las pantallas en un futuro cercano.
¿La televisión puede seguir cayendo más bajo? Desgraciadamente, existen evidencias de que el hueco no tiene final conocido. Que una vez superado un punto de no retorno, la trayectoria es una caída libre. El asunto es no superar ese punto de no retorno, pensar en los límites. De lo contrario, es seguro que si se les dieran alas, varios faranduleros de nuestras pantallas harían lo que sea por un punto de rating.
Ahí está la televisión argentina –que se ha transformado en la mayor fuente de inspiración local–, plagada de programas faranduleros vespertinos que sirven para ventilar decenas de pequeños escandalitos de famosos, mientras reporteros y cámaras rosas persiguen y acosan con toda la mala leche a los protagonistas de esas polémicas, muchas veces generadas en la misma televisión.
Vuelvo el sábado a la saga Pantoja-Muñoz que se emite por la otrora referencial televisión española. Los reporteros del corazón ahora acosan a la cantante por las calles. Hay muchos otros que hacen guardia las 24 horas del día ante la casa de una ex esposa de Julián Muñoz, atentos a cualquier movimiento por los alrededores. Y para rematar se transmite un extracto de una entrevista de Isabel Pantoja donde ella se declara “lapidada”, es decir, linchada socialmente por la prensa rosa: la serpiente ha terminado por morderse la cola.