martes 21 de noviembre del 2006 Columnistas

Aceptar la derrota


¿Aceptará su derrota el candidato que pierda las elecciones del próximo domingo? ¿Tomará el teléfono el perdedor de estas elecciones y llamará a su adversario para felicitarlo por su triunfo electoral y desearle la mejor suerte en su nueva administración? ¿Será invitado el candidato perdedor, y este aceptará la invitación, para asistir a la ceremonia de posesión del nuevo gobierno tal como sucede en las mayorías de los países del mundo?
¿Podrá el candidato que pierda las elecciones, ir más allá de una actitud simplemente pasiva o ceremonial y, en consecuencia, le ofrecerá al ganador ayudarlo para que tenga éxito su gobierno? Quien salga derrotado el domingo, ¿hará una oposición constructiva, seria, democrática al nuevo gobierno? Los seguidores del candidato perdedor, ¿dejarán de un lado la campaña electoral y aceptarán la legitimidad del nuevo gobierno?

Saber aceptar una derrota o una pérdida es una virtud. No es algo fácil, ciertamente. Ello requiere de una gran condición humana y de una fuerza interior enorme, pues, significa reconocer muchas cosas que no nos gusta admitir. Pero en una democracia, aceptar las derrotas electorales o las votaciones parlamentarias, además de ser una virtud, es una necesidad.
Una necesidad que trasciende el drama individual para convertirse en un bien para la sociedad. No aceptar una derrota política no solo que deja en mal predicamento al perdedor frente a sus semejantes y se provoca un innecesario daño interno, sino que deja lastimado el tejido social e institucional. Y esto es lo más grave. Sufren las instituciones, la gobernabilidad, la estabilidad política y, en general, la sociedad, cuando quienes pierden las elecciones lejos de aceptar su derrota y adoptar una actitud constructiva, se dedican a cuestionar los resultados, denigrar a su adversario y hasta conspirar contra el nuevo gobierno para que fracase.

Quien pierda las elecciones el próximo domingo debe entender que con su derrota el Ecuador no ha desaparecido ni va a desaparecer. En cierto sentido, su derrota simplemente es una de las consecuencias –difíciles de digerir obviamente– inevitables de la democracia. Y las democracias necesitan, para vivir, que los gobiernos sean renovados por el voto del pueblo, y para ello algunos deben perder y otros ganar. Con su derrota, en otras palabras, el perdedor facilita que la democracia gane.

La poca cultura democrática de nuestros políticos es uno de nuestros graves problemas. Así como a muchos de nuestros empresarios no les gusta jugar dentro de las reglas de una economía de mercado, a pesar de que digan lo contrario, igualmente muchos de nuestros políticos no gustan de someterse a las normas y reglas de la democracia, a pesar de que pregonen lo contrario. Esto facilita enormemente, en el un caso, las tendencias monopolísticas y rentistas, y en el otro, las conductas autoritarias e intolerantes. Y así es imposible que el Ecuador mejore.

El país estará atento el domingo a quién gane las elecciones, claro está. Pero igual atención va a merecer lo que haga y lo que deje de hacer quien salga derrotado.

Columnistas

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.