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DOMINGO | 19 de noviembre del 2006 | Guayaquil, Ecuador
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Paulo Coelho | Especial para EL UNIVERSO |
Veinte años después: la llegada
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La llegada, la difícil llegada. Cuando se anda poco, enseguida tenemos ganas de volver a casa, pero cuando se recorre un largo camino, sentimos un deseo inmenso de continuar en él hasta caer agotados.

En el avión de vuelta a Brasil, no pude pensar más que en cosas absurdas: una de ellas era el equipaje. Durante aquellos 90 días de viaje, celebrando los 20 años de mi peregrinación por el Camino de Santiago, había hecho la maleta 44 veces. Y la había deshecho otras tantas. Es decir, que estuve así 88 veces, abriendo o cerrando la misma cremallera, mirando lo que llevaba, preguntándome si faltaba algo, o si había traído demasiadas camisetas o calcetines.

Claro que debía tener cosas más interesantes en qué pensar, pero mi corazón estaba vacío.

Mi corazón está completamente vacío ahora, mientras contemplo la playa de Copacabana. Lo único que consigo es contemplar mi tierra, el océano, escuchar de nuevo a la gente hablando portugués, alegrarme de pisar el suelo en el que nací, y al mismo tiempo dejarme llevar por esta sensación misteriosa de ser un extraño para mí mismo.

Le comento esto a un amigo, Fernando Morais, que está escribiendo mi biografía.

Él dice: Eso no es bueno.

Le respondo: eso es buenísimo; si no me sintiese vacío ahora, de nada habrían servido los 9.288 km. de Transiberiano, el desierto de Túnez, las emociones de la Copa del Mundo en Alemania, las tardes de autógrafos que hice sin ninguna planificación, y que tan bien salieron.

Solo los corazones vacíos se pueden llenar de cosas nuevas. Y después de todo este periplo que me llevó por cuatro continentes, el hecho de estar pensando tan solo en cuantas veces hice y deshice la maleta no es exactamente un problema. Mi corazón se llenará de aquello que viví; pero para eso necesito tiempo, y no pretendo acelerar el proceso.

Cuando terminé el camino de Santiago, en 1986, me quedé seis meses en Madrid, con la misma sensación. Estoy acostumbrado, y eso no me asusta, porque sé que en algún momento entenderé lo que acabo de vivir. Esa es la decisión que tomé en algún momento de mi vida, y a la cual me he jugado todo: las respuestas surgirán en la medida en que crea que nada es por casualidad, que todo tiene un sentido.

Todo estudiante de filosofía conoce el ateísmo presente en la obra del filósofo francés Jean Paul Sartre. Pocos conocen un pequeño texto que él escribió en Las Palabras:

"Necesitaba a Dios. Él me fue dado, y yo lo recibí sin saber bien lo que estaba buscando. Entonces, porque mi corazón no dejó que echase raíces en él, Dios terminó muriendo en mí.

"Hoy, cuando lo mencionan, yo digo -como si fuese un viejo que intenta reavivar una vieja llama-: "Hace cincuenta años, si no hubiese habido un malentendido, si no hubiese tenido lugar ciertos equívocos, si no hubiese ocurrido el accidente que terminó por separarnos, habríamos tenido una relación de amor."

Ahora estoy viviendo una relación de amor con la Divinidad, y como toda relación de este tipo, intentar comprender lo que sucede solo sirve para derrochar fuerzas: el amor no se explica. San Juan de La Cruz enseña que en el camino espiritual no debemos buscar visiones o salir impulsados por declaraciones de otros que recorrieron ese camino. Nuestro único apoyo debe ser la fe, porque es algo limpio, transparente, que nace dentro de nosotros, y que no se puede confundir. Por tanto, lo que me falta es tener fe: si realmente creo que este viaje tuvo un sentido mayor de lo que es la simple celebración de un momento mágico en mi vida, será este su sentido.

El resto es derrochar fuerzas, intentando entender lo que no puede ser entendido.

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