Sábado 18 de noviembre del 2006 Cartas al Director

La magia de Alberto


Orgulloso de su raza negra. Espigado. Volaba como el viento burlando rivales. El pique, la velocidad y el cabeceo fueron sus mejores armas futbolísticas. Los defensores iban a sus piernas, pero él iba a los goles. No quería que los partidos terminaran cuando él no había marcado un tanto. Su nombre era sinónimo de gol.

Definidor implacable. Disparaba cañonazos con la izquierda y la derecha. Venía de atrás o estaba en el área para elevarse, como movido por resortes que tenía en los pies, más arriba de guardametas o defensores para golear con su cabeza mágica en nombre del Everest, Peñarol, Barcelona, las selecciones de Ecuador o Uruguay, cuando lo requirió para juegos amistosos.

Sencillo. Ganaba sin sentirse estrella. Le daba méritos al alero izquierdo peruano Juan Joya, al derecho uruguayo Abbadíe y al centrocampista uruguayo Pedro Virgilio Rocha, quienes le lanzaban centros a lo Beckham para que él se divirtiera definiendo y haciendo campeón al Peñarol en la Copa Libertadores de América o Intercontinental.

Aunque Pelé reconoció que Spencer cabeceaba mejor que él, pedía que no lo compararan porque consideraba mejor al brasileño.

Cuando Spencer no metía goles, los servía a sus compañeros que estaban mejor ubicados. Al sacerdote futbolista del Barcelona, Juan Manuel Bazurco, le dio el balón como con la mano para que anotara contra Estudiantes de la Plata en su propio estadio. La inteligencia del Negro y los botines benditos de su compañero rompieron el récord de invicto que ostentaban los argentinos en su reducto en Copa Libertadores.

El fútbol lo había sacado de la pobreza de su natal parroquia rural de Ancón, de Santa Elena, al Everest, el Ciclón Rojo de Guayaquil. Su hermano Marco, apodado el colectivo por su gran velocidad en la cancha, lo trajo para que debutara en el Capwell. Fue su guía y compañero de equipo.

Tuvimos la suerte de verlo actuar por primer vez en el viejo estadio Capwell, cuando las gradas eran de madera. Jugaba con alegría. Regalaba espectáculo. El espectáculo del gol con la camiseta roja de su primer equipo profesional.

Fenómeno. Era el Julio Jaramillo del fútbol, porque jugando cantaba como nadie.

Está entre los mejores del mundo. Gracias a él, en el resto del mundo empezaron a averiguar por el Ecuador. Fuera y dentro de la cancha fue un caballero, solidario con sus compatriotas y compañeros. Nilo J. Suburu, periodista uruguayo, le dedicó un libro: Dos palabras para el gol, Alberto Spencer.

César Burgos Flor
Guayaquil
Cartas al Director

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