|
A veces me resulta difícil entender el comportamiento de los medios de comunicación, a pesar de haber vivido tantos años dentro de ellos. Son tan frágiles los linderos que transitan en su condición de mediadores "objetivos" de una sociedad, linderos entre la responsabilidad pública y la voluntad (o capricho) privado. En su concepción de actores neutrales, imparciales, se sienten liberados de toda culpa con respecto a los pecados políticos que ocurren con los "otros", convirtiéndose en ocasiones en virtuales cómplices de los pecadores.
Al final, corremos el riesgo de informar de modo tan banal que los ecuatorianos nos quedamos con la imagen de una sociedad en franca derrota.
Si a veces me resulta entenderlos, entender el modo como viven la ética, en estos días, me ha parecido que algunos de ellos, expresamente algunos canales de radio y televisión, están llevando a la excrecencia ese curioso lavado de manos, esa indiferencia con que actúan y el modo como justifican su inocencia cómplice. Ocurre a propósito de la publicidad política.
Con afichar la frase de que no son responsables de lo que allí se dice, se han abierto en estos últimos días antes de la segunda vuelta electoral, a una campaña millonaria de ataques antojadizos, de denuncias que no incluyen sustento alguno, de spots que denigran al contendor en las elecciones y buscan aterrorizar a los electores.
¿No está en sus manos decidir qué incluyen y qué desechan en sus espacios? ¿Han confundido la libertad de información con el libertinaje de la publicidad? ¿Qué se esconde tras esa liberalidad con la que aceptan publicidad que ofende, que insulta, que escandaliza, que ensucia la contienda electoral?
Lo inaudito del caso es que esos mismos medios, en sus espacios de información, reclaman de los aspirantes presidenciables la presentación de programas, de ideas, de soluciones. Y al momento de aceptar un contrato millonario, les son indiferentes esas, sus propias afirmaciones.
¿Quién les entiende?
O mejor, ¿cuánto les importa su credibilidad al momento de hacer negocio?
¿Se han preocupado los medios de investigar quiénes son, desde cuándo existen, cómo se financian, qué sustento legal tienen esas organizaciones fantasmas que suscriben la publicidad contra un candidato, a nombre de asociaciones por la democracia, por la soberanía de la patria, por la decencia pública? ¿O no les importa saber si ellos, mediadores sociales, moralizadores públicos, no están siendo objetos de una impostura?
Si uno de los candidatos se niega al debate porque ya ha dicho todo lo que tenía que decir, ¿nos vamos a quedar con esas imágenes degradantes y violentas que con tanta generosidad se difunden por la televisión y la radio?
¿Con esa imagen va a iniciar un nuevo gobierno el intento por recuperar al país de la corrupción, de la viscosidad con que se administra la cosa pública?
Los medios viven en los límites entre la condición de espacio público y de negocio privado que, en ocasiones como esta, puede acabar convertido en un espacio pantanoso. |