No me gustan los muros construidos para impedir que los ciudadanos circulen. Si hay un hito en la historia reciente es la caída del muro de Berlín, que en los hechos terminó con el mundo bipolar de la guerra fría. Creía sinceramente que con ello caería la idea misma de separación forzosa entre sociedades y que la nueva era permitiría un contacto permanente entre ellas. Pero ese no parece ser el caso: Israel construyó un muro para separar sus territorios de aquellos de Palestina y hoy observo desconcertado que Estados Unidos ha decidido construir el suyo, para impedir la inmigración latina.
El historiador griego Polibio, luego de acompañar a su discípulo romano Escipión al escarmiento, sitio y destrucción de Cartago, el último contrincante por el dominio del Mediterráneo, entonces el mundo conocido para ellos, recuerda el interrogante planteado por el general romano: “Es un bello día, Polibio, pero siento una inquietud y tengo temor frente al momento en que otro pueda hacernos una advertencia sobre el futuro de nuestra propia patria”. Como bien señala el autor francés Jean-Christophe Rufin, en una obra del mismo título que este artículo y reflexionando sobre la afirmación de Polibio, una civilización no puede contemplar el vacío en torno a sí misma, sin pensar en su propia muerte.
Al escribir su historia, Polibio convence a los romanos de que el triunfo sobre el otro implica una responsabilidad civilizatoria frente a aquello que queda fuera del imperio, que define como el mundo de los bárbaros. El imperio romano tiene responsabilidad de extender su civilización o por el contrario combatirlos, si ellos lo amenazan. Para ello debe definir unos límites, tanto ideológicos: diferencia entre civilizados y bárbaros, pero también físicos: líneas a partir de los cuales vive esta gente diferente; lugares donde se reglamenta y limita la entrada o la salida de las personas.
Estados Unidos tuvo una muestra palpable de las nuevas realidades posguerra fría, con los terribles ataques del 11 de septiembre del 2001. Los fundamentalistas musulmanes con Al-Qaeda al frente se convirtieron en ese otro al que deben combatir. Las guerras de Afganistán e Iraq se decretaron en función de ese nuevo desafío, aun cuando esta última tuviese justificación forzada. Pero este no es el único otro. La derecha conservadora estadounidense poco a poco ha configurado otro contrincante que desafía la civilización norteamericana: la inmigración que proviene del Sur. Esta la desafía porque de alguna manera no calza en su definición de norteamericano: no aprende el idioma, trae prácticas culturales diferentes y las mantiene, establece sus propios sistemas de comunicación, no entra al melting pot civilizatorio.
Para construir esta visión antiinmigrante, la derecha conservadora estableció sus propios grupos privados de vigilancia en los estados fronterizos, formó grupos de opinión, e hizo una acción de lobby permanente sobre el Congreso y el Ejecutivo norteamericanos. El resultado es la construcción del muro. Qué triste que en un mundo globalizado, en que la conexión, el intercambio, el comercio, la movilidad, las redes, son característica fundamental, la patria de Franklin Roosevelt vuelva a la separación forzosa de las personas. Qué pena que tengamos que desenterrar a Polibio en esta época de internet.