En un reciente viaje de negocios a un país del primer mundo, me sorprendió encontrar en las calles de una ciudad muy parecida a Guayaquil pocos vehículos policiales rondando la urbe; es que el traslado generacional del respeto a la autoridad es evidente, sobre todo cuando las leyes son claras y las sanciones se cumplen, sin distinción de posición, clase o jerarquía.
Al visitar otro país, resulta difícil obviar la comparación entre un pueblo organizado, independiente, respetuoso y cordial, donde no existe la ley del “más sapo”, el derecho del “más fuerte”, ni la autoridad del “más sabido”, con un pueblo paternalista, que exige lo que cree merecer a través de un caos genético que parece inagotable.
Aquel que no ha tenido la oportunidad de conocer países desarrollados ignora lo importante que es para sí mismo respetar el orden de una fila, conducir por el carril que corresponde, cruzar las calles por las zonas seguras, permitir el paso de una dama o ayudar a un anciano; y por ende, no tiene forma de comparar su proceder y descarta por naturaleza el cambio y el bienestar común.
A las puertas de la segunda vuelta presidencial, los candidatos dicen tener un importante bagaje cultural y roce social con civilizaciones plenamente desarrolladas, que privilegian el respeto al prójimo y los modelos actuales de convivencia.
Son estos candidatos los que tienen una oportunidad de oro para trasladar hacia el pueblo que los elija un regalo sin pompón, que pocos sabrán apreciar al principio, pero que sin duda marcará el cauce de muchos, quienes aprendieron un obrar erróneo transmitido por generaciones.
Por ahora descarto que en los próximos 20 años podamos cosechar los frutos de este anhelo de superación, pero mientras se abone en tolerancia, urbanidad, respeto y armonía, serán nuestros hijos los que cosechen un Ecuador próspero, por lo menos en lo social.
Peter Bjerre Mosquera
Guayaquil