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Edición del DOMINGO 29 de Octubre del 2006 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Hosterías en Azuay: Relax, naturaleza e historia
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Exteriores de la hostería Los Faiques, en Yunguilla.
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Ruta del Cóndor

Texto: Moisés Pinchevsky | Fotos: Vicente Tello

Cuenca y sus alrededores ofrecen un mix completo que tiene un objetivo muy particular: cautivar a los turistas de Guayaquil y de otros sectores del país.

El gran mono era también un gran borracho. Y un borracho con suerte. Porque se la pasaba sentadote muy relajado al pie de la montaña esperando que pasen los traficantes de licor con sus mulas cargadas con el puro más puro de los puros. Y como por esos tiempos estaba prohibido transitar con licor -aunque sea puro, casto y virginal-, los viajeros le dejaban al gran orangután una bolsa llena de bebida como muestra de gratitud por haberlos dejado cruzar sin los problemas que les habrían causado las autoridades, que bien podían perdonar a un gran mono borracho, pero no a traficantes de licor que andaban por las montañas ilegalmente en plena veda de licor y sin brindarse ni siquiera un sorbito (bueno, solo al gran primate).

Así ocurrió en las primeras décadas del siglo pasado, cuando el Gobierno había declarado ilegal la venta de licor (era considerado como una droga) y desde esta región partían las caravanas de traficantes que viajaban hacia la costa cargando el precioso líquido que o bien los hacía ganar una fortuna o bien los llevaba directito a la cárcel. Sin embargo, muchos ganaron la fortuna porque eran protegidos, según se creía en el Azuay, por una gran roca con forma de orangután que se encuentra al otro lado de una montaña que divisamos desde una colina en la recién inaugurada hostería Los Faiques, en el valle de Yunguilla, a aproximadamente 45 minutos de Cuenca. Este valle es el tradicional sitio de veraneo de los cuencanos debido al clima agradable (aproximadamente 15 grados) y al ambiente natural de esta zona rodeada de montañas.

Para familias grandes
Ecuador dejó atrás ese alcohólico capítulo de su historia. Y el capítulo de hoy nos lleva a recorrer los alrededores de esta hostería que acaba de ser inaugurada con un propósito muy particular: aumentar la oferta de hospedaje específicamente para los viajeros guayaquileños que desean un encuentro más cercano con la provincia del Azuay.

“Esperamos la visita particularmente de familias grandes, quienes encontrarán que nuestros precios son realmente bajos, porque una habitación ofrece dos dormitorios, dos baños y una pequeña sala-cocina por una tarifa de $ 150 + 22% de impuestos, lo cual es económico si consideramos que pueden hospedarse hasta diez personas, entre niños y adultos”, explica Marcelo Vintimilla, conocido constructor cuencano y propietario de esta hostería donde cumplimos el sabroso ritual del almuerzo con un plato de fritada con mote, alimento de esta tierra que mantiene su vigencia entre los más apetecidos a pesar de los reclamos de los disgustados chanchos que entregan sus últimos ‘oink, oink’ para que cada vez más habitantes y viajeros sigan disfrutando de esta delicia.

Vintimilla continúa mostrando las facilidades de esta hostería que también cuenta con una piscina al aire libre, una sala de eventos, restaurantes, un pequeño museo donde se exhiben antiguas piezas relacionadas a la fabricación de licor y un túnel para enamorados, que no es otra cosa que una larga área de descanso del tamaño de un bus donde las parejas pueden tomarse un trago y conversar inspirados por la complicidad de la luz tenue y música romántica.

El valle de Yunguilla es una de las estaciones de un multiprograma denominado Ruta del Cóndor, que también incluye hospedaje en el hotel Pinar del Lago en Cuenca y city tour, y una visita al complejo turístico Dos Chorreras, ubicado en el Parque Nacional Cajas, a cuarenta minutos de Cuenca en la vía a Guayaquil por Molleturo.

Recorriendo Dos Chorreras
Este complejo cuenta con un popular restaurante que brinda una amplia variedad de platos con truchas, además de carnes y pollos. Felizmente, nuestra primera parada aquí fue para comprobarlo con un almuerzo que consistió en locro de papa (otra especialidad) y la trucha de la casa, que es servida con una salsa de langostinos.

Con esas vitaminas emprendimos un recorrido hacia el cercano Guandulo, un simpático pueblo de mineros que fue rescatado arquitectónicamente por los propietarios de este complejo turístico para mostrarles a los turistas cómo operaba la antigua mina de oro que aún es posible recorrer aquí.

Túneles sombríos y pailas donde lavaban las piedras en búsqueda del preciado metal son parte de este recorrido subterráneo que también nos lleva a un bar enclavado en la roca y un pequeño museo donde se exhiben piezas de la cultura Cañari.

También resulta particularmente interesante la visita a una casa de adobe que funcionaba como puesto de vigilancia en los tiempos en que el llamado camino de García Moreno, que pasaba exactamente por aquí, era utilizado por los traficantes de licor que tenían sus destilarías clandestinas en esta región. Un orificio en el muro del tamaño de una caja de zapatos servía para detectar secretamente a los contrabandistas y sus mulas entre los usuarios del camino.

Y en el cuarto contiguo observamos un ashango, tal como se denomina en la lengua local a una bandeja suspendida por cadenas y en la que se coloca el queso para que se ahume con el calor de una cercana fogata.

Todos a pescar truchas
Las llamas de la cercana fogata no se parecen en nada a las llamas que encontramos al recorrer el sendero que encontramos al salir del estanco. Las que dejamos atrás son luminosas y candentes. Las que ahora nos encontramos son calladas y mansas mientras caminan por un rústico puente de madera que nos lleva al sector montañoso del complejo turístico, junto al pueblo minero.

El paso de estos mamíferos andinos nos lleva a la Cueva de Wilo, tal como se llama un albergue natural hundido en la roca donde los viajeros recibían posada de un migrante venido de Esmeraldas llamado Wilo, y cuya memoria se mantiene como un homenaje a aquellos que socorren a los viajeros motivados solo por la buena voluntad y la solidaridad.

Dejamos atrás el sendero para regresar al vehículo que nos lleva nuevamente a la carretera. Seguimos en el complejo Dos Chorreras para hacerle una visita a uno de los sitios más populares entre las familias con niños: las lagunas de truchas. Aquí, más de cien turistas de todas las edades practican la captura de esos peces con sencillas cañas con hilos de nylon y anzuelos que usan como carnada una masa blanquinosa hecha con harina de pescado.

¡Aquí ningún pescador fracasa!, porque hasta el más infante de los infantes captura peces al cumplir el solo requisito de hechar el anzuelo al agua. La explicación para este fenómeno es sencilla: estas lagunas cuentan con una cantidad muy amplia de truchas debido a que estos peces en particular le dan durísimo a eso que llaman reproducción, manteniendo una población de acuáticos con aletas que encuentran cualquier hora apropiada para el romance.

Eso permite que cada pescador se lleve un promedio de cuatro o cinco pescados por jornada, por los cuales debe pagar al salir $ 2 por cada libra.

Después del recorrido cumplido resulta desestresante observar a familias enteras disfrutando de la pesca deportiva. Truchas que nadan por allí y más truchas que son capturadas por allá. Y debajo del agua truchas que le dan durísimo a la reproducción. Pero ya no daremos más detalles sobre ese asunto: es mejor que tales intimidades permanezcan ocultas al turismo.

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