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| 'Pipo' Martínez Queirolo, el patriarca del teatro |
Texto: Clara Medina | Fotos: Francisco Bravo
En este país los mensajes no mueren porque los problemas no se solucionan, señala el dramaturgo
Dice, con ese humor que es su seña de identidad en la vida diaria y en sus obras, que es el mejor dramaturgo porque es el único, "porque me han dejado solo", anota, y porque en Guayaquil y el país, afirma, casi no tiene competidores. Y pese a la confesión, José Martínez Queirolo, Pipo, no se resta méritos. "Soy profeta en mi tierra", señala este guayaquileño, que no obstante las oportunidades, prefirió no salir del país, pero que a sus 75 años se alista para realizar, a principios del 2007, su primera gira teatral internacional. Será por Italia y Suiza, junto a la actriz Marina Salvarezza.
A lo largo de su existencia ha escrito aproximadamente 50 obras teatrales, muchas de las cuales ha representado con los grupos que ha fundado y dirigido. Ha escrito relatos y compuesto música. Ha ganado premios, como el nacional de cultura Eugenio Espejo en el 2001. Ha realizado adaptaciones teatrales y sembrado vocaciones actorales, aunque pocos son los que se han decidido a ser dramaturgos, como él. "Creo que me tienen miedo", afirma un tanto en broma, pero ya en serio anota que en la ciudad se hace talleres de todo tipo, menos de dramaturgia, una tarea que considera todavía pendiente. Cree además que quien desee ser dramaturgo debe tener actores para escenificar las obras, porque es en el escenario donde se pueden corregir y ajustar y no en el papel, porque el teatro es vida, señala el dramaturgo, que realizó estudios universitarios de ingeniería civil y cuya carrera le permitió ganarse el sustento diario.
El origen de su vocación teatral se pierde en el tiempo. Quizá en la infancia. Piensa que su encuentro temprano con la pobreza lo impulsó a escribir. Fue hijo de un matrimonio que naufragó y él y sus hermanos fueron a vivir con la abuela. Poseía una casa rentera y ella lo enviaba a cobrar el alquiler. Habitaban lavanderas, costureras, que no tenían para pagar la mensualidad y le contaban sus miserias. Pipo regresaba siempre donde la abuela sin dinero, pero con historias y con la tristeza de que tenía que cobrar porque de lo contrario tampoco ella podía mantener a sus nietos. "Era una pobreza encadenada", recuerda. "Ahí me hice escritor", dice este hombre que se define religioso, pero que no cree en los sacerdotes ni en ningún tipo de uniformado (y para él la sotana es un uniforme).
O tal vez decidió hacerse escritor viendo a Ernesto Albán. Recuerda que a los 12 o 13 años iba a la galería del teatro París y escuchaba cosas como: "Una sola lágrima derramó Ruperta y la derramó porque era tuerta", con lo cual el público estallaba en carcajadas y pedía a Albán que repitiera una y otra vez el chiste, "y yo decía yo quisiera hacer reír a la gente como este hombre", indica.
Fueron sus primeras lecciones. Con el tiempo escribió, hizo reír a la gente, pero, sobre todo, planteó, con humor, hondas reflexiones. Está convencido de que se puede hacer punzantes críticas mediante el humor, por eso admira tanto a Moliére.
Cuenta que cuando le preguntaban de qué signo era, él respondía "del signo de Velasco", porque con sus cinco presidencias este personaje marcó su adolescencia y juventud. "No había clases cuando subía y cuando caía". El accionar de este político le inspiró una de sus obras, Las faltas justificadas. La política actual también es terreno fértil para su creación. Escribe ahora una obra que se titula El Congreso de los animales.
De signo aries y nacido en Guayaquil el 22 de marzo de 1931, a Pipo le apasiona el cine. Cuenta que la película Lo que el viento se llevó lo deslumbró y quiso ser guionista de filmes. No concretó el sueño, pero cree que fue una buena decisión optar por la dramaturgia, "porque en el teatro todavía se puede ser espiritual", dice. Y el teatro también lo liberó de la timidez o por lo menos le enseñó a disfrazarla. El teatro de la Casa de la Cultura núcleo del Guayas lleva ahora el nombre de José Martínez Queirolo.
El origen de su nombre José en italiano es Giuseppe y el diminutivo, Pippo o Peppe, por ese motivo a Martínez Queirolo su abuelo materno, que era genovés, le decía Pippo. Y con ese diminutivo afectuoso de la niñez, el dramaturgo guayaquileño se quedó toda la vida, "solo que para no hacerme el exótico me lo pongo con una sola p", refiere ahora, agredecido por los homenajes que le rinden en estos días y nervioso por lo que le espera esta noche: su vuelta a las tablas como actor. "Me atrevo a actuar porque sé que la gente me quiere", afirma.
Pipo cierra el ciclo de homenajes que le hicieron Las Magníficas (así le dicen a un grupo de amigas que trabajan por la cultura de Guayaquil, entre las que están Yela Loffredo de Klein, Rosa Amelia Alvarado y otras) con la interpretación, en el Centro de Arte, de una de sus obras, Montesco y su señora, junto a la actriz Marina Salvarezza.
Es una de las escasas piezas personales que, según dice, ha escrito. Cree que ser hijo de un matrimonio fracasado le inspiró esta obra y fue también la situación que marcó fuertemente su vida. Tuvo, desde entonces, la añoranza permanente de un hogar (vivió en internados escolares y en la casa de la abuela). Y tal vez influyó en su decisión de no irse nunca, de desear algo permanente, una patria, unos amigos incondicionales.
Según Pipo, en este país los mensajes no mueren porque los problemas no se solucionan. En esa frase condensa el porqué de la vigencia de sus obras, que son escenificadas por grupos profesionales y estudiantiles. No hay posiblemente un grupo colegial en el país que no haya realizado en alguna ocasión una obra de este autor, que pese a su prolífica carrera y a sus reconocimientos vive con modestia económica junto a su hermana Violeta, que como él no se ha casado. Aunque de vez en cuando llega hasta su casa algún director o actor con un "chequecito", por los derechos de las obras.
En la planta alta está su sala de teatro Doscarátulas, pero ya no resiste mucho peso, por lo cual está dedicada solo a ensayos. En la sala del departamento de Pipo hay fotografías de niños. Son sus sobrinos, muchos de ellos ya adultos, que alegran con sus eternas sonrisas infantiles, el hogar del mayor dramaturgo ecuatoriano, que dirige además, el grupo de teatro de la Espol, y que luego de una fuerte batalla contra el cáncer se muestra optimista. "Me hicieron quimioterapia y radioterapia, me quemaron, me hicieron horrores, pero me salvaron", dice. "Conocí la pelada bien de cerca", agrega. Y con humor manifiesta que sus amigos han ido a los homenajes porque quizá quieren darle el adiós.
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