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Mientras voy caminando, a la vez que celebro los 20 años de mi peregrinación por el Camino de Santiago, voy aprendiendo de amigos, desconocidos, editores, lectores. A continuación, algunas de las cosas que anoté mientras recorría los 9.288 km del ferrocarril Transiberiano, que une Moscú y Vladivostok.
Ewa me cuenta una historia de los chamanes siberianos El chamán dejó a su mejor discípulo a la orilla de un río que desemboca en el lago Baikal, para que pasase la vida meditando.
“Pero ten cuidado y no te equivoques de camino”, le alertó.
Una noche, los ratones se comieron el calzón del discípulo. El muchacho se hizo con un gato para matar los ratones, pero necesitaba leche para alimentarlo.
Empezó a mendigar. Como no gastaba dinero, pudo ahorrar y compró una vaca; así jamás le faltaría leche. Para alimentar a la vaca labró la tierra del vecino, quien, a cambio, le dio una parte del terreno. Con mucho trabajo consiguió una excelente cosecha y encontró esposa. La esposa tenía talento para los negocios, y cuando, años más tarde, el chamán pasó por el lugar, lo encontró transformado en un próspero hombre de negocios.
“¿Qué es esto?”, preguntó.
“No te lo vas a creer”, dijo el discípulo, “¡pero esta era la única forma de conservar mi calzón!”.
Un lector en Vladivostok me relata un cuento local Un sabio chino se embarcó en un navío que partía de la ciudad y se fue a cruzar el Océano Pacífico. Su presencia fue notada por los demás pasajeros, que vinieron a pedirle consejo sobre cualquier cosa. Él escuchaba a todos con paciencia, pero siempre decía lo mismo:
“Tened conciencia de la muerte. Eso hará que viváis más intensamente cada día”.
Los pasajeros rápidamente se cansaron del sabio. En mitad del viaje, una tempestad casi llegó a hundir el barco; fueron horas de desesperación, excepto para el pasajero chino, que permaneció tranquilo. Cuando el mar se calmó, alguien le comentó:
“¿Acaso no has pensado que, entre la vida y la muerte, no había más que un cascarón de madera para protegernos?"
“Sí”, respondió. “¿Y acaso no has pensado tú que, en la vida diaria, existe menos que eso para protegernos de la muerte?”.
Una oración en una iglesia de Novosibirsk Encontré el texto en ruso y le pedí a mi intérprete que me lo tradujese. Según él, debajo de la oración estaba anotado que esta forma parte de la tradición Ojibwa. Como no sé de qué tradición se trata, reproduzco tan solo las palabras allí escritas:
“Ya que he intentado entender la voz del viento y el soplo que me creó, escúchame.
“Yo vengo a Ti como uno de Tus numerosos hijos. Soy falible y pequeño; necesito de Tu sabiduría y Tu fuerza. Déjame andar en Tu belleza, y haz que mis ojos siempre perciban el rojo y el púrpura del atardecer. Haz que mis manos respeten las cosas que creaste, y que mis oídos consigan entender Tu voz.
“Hazme sabio, de modo que pueda absorber lo que enseñaste a mi pueblo, y aprender las lecciones que escondiste en cada hoja y en cada peñasco.
“Te pido fuerza y sabiduría; no para ser superior a mis hermanos, sino para poder vencer al mayor enemigo que tengo: yo mismo. Así, mi espíritu podrá retornar a Ti sin pecado”.
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