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El otro día dije en una reunión social que detesto la salsa agridulce que le ponen los estadounidenses a la carne asada. En una ocasión Jackeline Kennedy pidió salsa de tomate (ketchup) en un salón de París para "mejorar" su plato y casi logra que sus huéspedes desempolven la guillotina. Por mi parte, jamás comeré voluntariamente la barbecue gringa, tan asquerosamente repleta de salsa de tomate. "Lo que nos quieres decir es que vas a votar por Correa", me respondió un amigo, provocando las risas de todos.
El chiste es un fiel reflejo de cómo el país se ha polarizado ideológicamente. Si uno observa algún defecto en la sonrisa de Jehová es porque se ha vuelto comunista; y si critica el rabo de Mefistófeles, es porque apoya a los comehostias. Mucho me temo que ninguno de los dos extremos es verdad. Los extremos coinciden mucho más de lo que a veces parece.
Para gobernar con acierto se requiere de dos cualidades al menos: una propuesta seria que cuente con el respaldo de un sector importante de la sociedad, y un equipo de gente que lleve adelante ese programa. La polarización actual supone que los dos candidatos finalistas tienen una ideología coherente. Personalmente tengo mis dudas. Observo demasiadas contradicciones entre el izquierdismo de Correa y su falta casi absoluta de propuestas sociales; y entre el derechismo de Noboa y su paternalismo económico, incompatible con el libre mercado. No veo a los trabajadores de izquierda apoyando una asamblea constituyente que no resuelva su dramática situación social; ni veo a los empresarios de derecha respaldando un programa estatal para la distribución gratuita de sillas de ruedas y billetes de banco.
¿Tienen al menos los dos un equipo para gobernar? Tampoco lo veo. Y es eso lo que menos me convence. Porque en el fondo, muy en el fondo -donde realmente importa-, más allá de sus discrepancias ideológicas, ambos proponen lo mismo: un hombre, un salvador, un líder.
Traigo todo esto a cuento porque el otro día una estudiante universitaria me preguntó, en una mesa redonda, qué deberían hacer los jóvenes para mejorar la situación del país. Quise contestarle con algunas sugerencias que suelo dar. Pero entendí que mis respuestas tradicionales (organizar mesas redondas, escribir cartas a los diarios, estudiar mucho) ya no son suficientes. Las elecciones del domingo antepasado cambiaron la realidad política nacional. Hoy los jóvenes profesionales que quieran transformar el país tienen una tarea importantísima por delante, que no sé si la quieran asumir: comenzar a construir nuevos partidos, de derecha, de izquierda, de centro, cada uno con la ideología que más los convenza, pero encabezados por equipos de cuadros realmente preparados para gobernar en nombre de esa ideología y del grupo social al que representan. Basta de caudillos que siempre mienten. Acabemos con los salvadores que solo salvan su propio bolsillo. Que se enfrenten ideologías serias encarnadas en equipos de gobierno serios. Si la juventud no da este paso, la votación del domingo antepasado habrá sido en vano. Habremos derrotado a una mafia, pero el poder seguirá a la deriva, en manos del primero que lo agarre.
Al final, supongo que acabaré votando por Correa o por Noboa; me disgusta la idea de votar nulo; pero por lo visto tendré que seguir esperando el día en que pueda votar con verdadera satisfacción. |