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Resulta doloroso adaptarse a la ausencia. Los recuerdos muerden como lobos. No soportamos ruidos, condolencias, compasión, la calle, el supermercado. Ya no compro chocolates, helados, dulces que tanto gustaban a mi esposa. Almuerzo solo en la sala comedor. No sé cuánto tiempo necesitaré para salir sin máscara, ser natural, no fingir, tener risas auténticas. Me gustaría palpar la experiencia de personas que cruzaron este trance. Si tantos de ustedes me escriben cada día, ayúdenme con sus sabios consejos. Me las arreglo como puedo con múltiples actividades pero de noche irrumpe la soledad, acechan los recuerdos, veo asomar el amanecer sobre el río sin haber cerrado el ojo más de dos o tres horas. Mato el tiempo devorando libros, tocando el piano, trabajando en la computadora, hablando solo. De repente, una ocasión especial, un almuerzo con amigos, una cena con una nieta (¡gracias, Camille!), un poco de música con personas queridas, alejan por un rato el espectro de la tristeza.
Al volver a la televisión, vestiré mi rostro con anchas sonrisas para no empantanarme en hurañas expresiones. Cuando cené con Alberto Cortez, desgranamos facetas de nuestra compartida filosofía frente a la reencarnación, la resurrección (en las que ni él ni yo tenemos la suerte de creer, lo que multiplica por mil la angustia de amar a quienes nunca más se volverá a ver). Alberto ama a su esposa Renata de un modo entrañable. Ella es pintora de talento, maestra en el arte de la gastronomía, compañera irreemplazable. Pregunté cómo se podía sobrevivir después de un duelo devastador, cómo evitar el deseo de desaparecer, de irse del todo. Me contestó: "En primer lugar los demás no son responsables; no puedes imponerles tu pesar. En segundo lugar, una persona amada no muere: puedes invitarla a vivir dentro de ti a través de los recuerdos, hasta un diálogo profundo, porque bien sabes lo que te contestaría si estuviese a tu lado". El cantautor añadió: "Escribí una canción -Cuando llegue la noche-, en la que cuento tu pena. Mañana me puede tocar la misma experiencia. Pero hoy es hoy, estás conmigo, estoy contigo, bebemos un tinto argentino de excelente calidad". Alberto transluce en las fotos una melancólica felicidad. Bernard se contagia con aquel optimismo.
Conversar con los amados inmigrantes del más allá: ¿Por qué no? Bebemos con el paladar de ellos, se prolongan en la descendencia. Durante el concierto dedicado a Evelina, extrañaba su mano que siempre deslizaba en mi palma. Sentí otros dedos buscando los míos: eran de una de mis hijas, como podría ser mañana de una nieta. Asomaron lágrimas. La vida continúa. Hay que forzar la nostalgia a parir felicidad cueste lo que cueste si no queremos morir a fuego lento, naufragar en la congoja. Alberto tiene razón: los demás no tienen la culpa. Pero el amor es un niño testarudo, se agarra del alma sin querer moverse de un milímetro. Asoman de pronto seres transparentes que parecen ángeles. Hay cosas inexplicables. El Principito tenía razón. Hay abrazos, besos, contactos que parecen llegar de otra galaxia. |