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Volver y volver, o los 20 años que son nada

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Octubre 29, 2006

César Ricaurte | ricaurte.cesar@gmail.com

Hay una diferencia enorme entre programas que se mantienen y los que vuelven después de haber desaparecido muchos años. ‘El chapulín colorado’ o ‘El Chavo del Ocho’ simbolizan la permanencia o la seguridad de lo que ilusoriamente es posible. El regreso de Oswaldo Valencia y de Bernard Fougères es como recuperar un punto de partida.

De la memoria se ha escrito tanto... Poesía, novela, ciencia, política, marketing, música... Nada de lo que es humano ha podido dejarla a un lado. Se trata de uno de los grandes misterios de nuestra naturaleza, se supone que los animales no tienen memoria –sentido de pasado– y por lo tanto, tampoco tienen conciencia de su propia muerte.

Es casi inexplicable el poder que ejercen sobre nosotros sonidos, fotografías, películas, cualquier cosa que haga de túnel del tiempo y nos lleve otra vez al pasado. Ahora en la televisión es una avalancha: el canal más joven apostó a la nostalgia. En Canal Uno comenzaron a ser programados ‘Soul Train’, ‘Chispazos’ y ‘Una cita con Bernard’, que es una rememoración de ‘El show de Bernard’, en toda regla.

Francamente representan una opción cautivante: ver a Oswaldo Valencia apoltronado en su sillón presentando los viejos éxitos de los desaparecidos Carpenters o de un Mick Jagger con rostro adolescente es toda una experiencia. Ver a Bernard Fougères renovar el sentido de la comunicación sin ruidos perturbadores es una lección.

Incluso en el caso de ‘Chispazos’,  que se puede considerar el antecedente más profundo de la telebasura. Aquí el tema es la ingenuidad del formato. ‘Chispazos’ tiene una estética-basura; sin embargo, se puede decir que es hasta ingenua, naif. Aquello de los multiproductos, con Menticol de marca estrella era tan ridículo que causa ternura.

Pero así eran los programas concurso de los ochenta. En un país petrolero pero pobre o empobrecido, no había para más. Pensar en los miles de dólares de ‘Trato hecho’ era un imposible.

Desde una perspectiva más amplia, el caso de ‘Chispazos’ es muy interesante. Poco a poco fue siendo relegado por TC en el deslizamiento de este canal a la telebasura pura y dura. El programas pasó a la desaparecida Sí TV, en su peor momento. Luego malvivió en la televisión UHF hasta desaparecer definitivamente. Contemporáneo a ‘Chispazos’ es ‘Haga negocio conmigo’, de Polo Baquerizo, que se emite sin interrupciones. Trazar paralelismos entre los dos programas nos da indicios de lo que sucedió en la TV ecuatoriana.

‘Chispazos’ se mantuvo en su tónica popular y naif. ‘Haga negocio conmigo’ dio el salto: se transformó en populista y manipuladora. En ese sentido el salto de Baquerizo a la política  no fue gratuito. ‘Chispazos’ perdió el tren, afortunadamente. Sin embargo, el salto a la política de una de sus figuras históricas, Luzmila Nicolalde, bien puede indicar que están dispuestos a recuperar “el tiempo perdido”.

La comparación que hemos hecho nos lleva a ubicar más diferencias. No es lo mismo un programa que se mantiene vigente que otro de regreso. 
El primer caso significa que ha tenido la habilidad para mantenerse a tono con los tiempos. Sea por acomodo, negociación, adaptación o porque la propuesta es intemporal. En todo caso, el retorno o la permanencia son dos cosas muy distintas. Como en la parábola de El hijo pródigo, la actitud del padre ante quien se ha quedado y quien retorna...

Cada uno de los casos es distinto, pero el personaje que simboliza la permanencia en la televisión latinoamericana es sin ninguna discusión Chespirito, bajo la máscara de  sus creaciones ‘El Chavo del Ocho’ y ‘El Chapulín Colorado’.

Récord mundial de permanencia televisiva, el mundo de ‘El Chavo del Ocho’ se ha trasladado ahora a la animación.

El intento no es nuevo, hubo ya una primera experiencia en los ochenta. Ahora se intenta una puesta al día de la propuesta que ya es imposible con los actores de carne y hueso. Habrá que ver cómo va. Si me piden un pronóstico, no apostaría por esto.

A mi juicio el éxito de la nostalgia se debe a que nos da la ilusión de que el presente es aún reversible. Me explico:  los seres humanos tendemos a pensar que la posibilidad es preferible a la vida presente.
Que aquellas decisiones tomadas en algún momento no condujeron necesariamente al mejor de los mundos. Soñamos en que el tiempo se puede revertir y que una vez que se ha retomado el punto de partida podemos volver a construir otra vida.

En otras palabras, creemos que los sueños traicionados aguardan por nosotros. La psicología tiene un nombre para esto: el Síndrome de Peter Pan, la ilusión de que eternamente podemos mantenernos en el limbo de la preadultez, sin necesidad de optar por una cosa o la otra. La idea de que podemos “comernos el pastel y conservarlo”.

El mensaje tranquilizador que transmite la vigencia de ‘El Chavo del Ocho’ para muchos adultos es justamente ese: mientras exista, hay la posibilidad de volver sobre los pasos y construir algo distinto.
Ilusoriamente mejor.

En América Latina el espejismo es más fuerte porque desde hace siglos hemos sido la esperanza de un Mundo Nuevo y mejor frente a la corrupción del Viejo Mundo. Y los habitantes de estas tierras hemos terminado por creer el mito.

Lo contradictorio es que el concepto de lo moderno se fundamenta en el futuro. En los tiempos lineales: al ayer deja paso al hoy y luego viene el mañana. No hay marcha atrás, solo avanzar y avanzar, se supone que siempre a un fin superior.

Sin embargo, los tiempos de la vida cotidiana no son así. Son circulares,  o progresivos o francamente regresivos.

Por eso, la nostalgia termina por volver y volver. Como en la nueva película de Almodóvar, el tango de Gardel o en una batería de saludables programas de televisión.


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