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| “¡No sé nada de cocina!” |
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| Texto: Epicuro | epicuro@eluniverso.com
La virilidad no se pierde en la cocina. Más bien diría que es menos hombre aquel que no puede calentarse una taza de café, exige que lo haga su media naranja”.
Existió durante siglos un prejuicio machista frente a las hornillas. En realidad podríamos hablar de una doble moral pues el hombre consideraba apropiado asar carne en una parrilla, pero eso de pisar la cocina, más aún ponerse delantal, era como tirar por la borda el concepto mismo de virilidad. No quedaba más remedio que esclavizar a la mujer, convertirla en sirvienta sin sueldo, asidua visitante de los supermercados, cordon bleu digno de ser exhibido frente a los amigos como para decirles: “Miren la suerte que tengo: vean como me atienden”. Todavía observo cómo ciertos machos, en reuniones sociales, matrimonios, mandan a la esposa a hacer cola en el bufé, cuando es tan hermoso contemplar el ejemplo contrario: un hombre atendiendo con amor a su cónyuge.
La vida está dando vueltas. Los jóvenes no han heredado aquellos complejos de amos y señores. Lavan eventualmente platos, dan el biberón al último nacido, preparan el desayuno de su esposa –rito que puede alternarse como prueba de amor en cualquier pareja que se respeta. Eso de tener empleadas domésticas desaparecerá con el tiempo como ya se hizo humo en los países europeos y en los Estados Unidos pues no todo el mundo puede pagar mil dólares o más para contratar a una cocinera, a una ayudante de tiempo completo. Se explica la ganga que representan los inmigrantes no afiliados al Seguro Social y no tan exigentes a la hora de fijar sueldos.
No puedo entender que una persona diga: “No sé nada de cocina, ni siquiera sé freír un huevo”. Es como decir no sé leer ni tampoco escribir. Revela en el hogar una inutilidad que resulta difícil concebir, una falta de colaboración, de solidaridad. Se cierra el paso a la mujer cuya vocación será la de sonar mocos, cambiar pañales, llevar a los niños a la escuela, hacer las cuentas. Nos topamos la esposa-chofer-enfermera-maestra-compradora-amiga-amante, mientras el esposo se dedica a ver televisión, leer el periódico, tomarse un trago.
Cocinar es pasatiempo maravilloso cuando es afición. Si se tiene que hacerlo cada día se vuelve esclavitud. Los muchachos de la nueva generación despiertan, siguen cursos en escuelas especializadas, experimentan recetas, quieren saber de vinos, se enorgullecen de tener una especialidad gastronómica que suelen preparar para sus amigos. Podríamos decir que el hombre se emancipa al no depender tanto de la mujer, al otorgarle a ella una cuota lógica de autonomía. Digamos al paso que se vuelve agradable para cualquier ser humano preparar, cuando quiera, el plato que más le antoja.
La pareja moderna se complementa, se une más a través de las faenas diarias. Demostrar amor es también comprender a la compañera, valorar cada minuto de su desvelo, darle una mano sin inhibición. La virilidad no se pierde en la cocina. Más bien diría que es menos hombre aquel que no puede calentarse una taza de café, exige que lo haga su media naranja, aquel que, de pronto, no sabe alternar los papeles y dar a su esposa la sorpresa de un amoroso desayuno.
Cocinar es parte de la cultura moderna como lo es el arte de saber beber sin jamás llegar a la borrachera, apreciar un buen vino sin dejarse derribar por él. Es muy raro encontrar a un hombre ebrio que sepa comportarse como un caballero. Ser hombre de verdad es asumirse como mitad de una pareja, no amo de la misma. He sido testigo, por desgracia, de escenas bochornosas cuyos protagonistas eran supuestamente seres de fina cultura.
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